Dos en la ciudad, entre constelaciones apenas visibles, el ruido sordo de la vida y lejanas ventanas encendidas.
Aquella luna roja en la vigilia
bebió la sangre de mi entraña.
Hubo demonios escondidos
en el trigal
que sorbieron todas las gotas de mi savia.
Sin buscarte,
habías venido a mí.
Estaba mi boca entreabierta deambulando por los senderos secos y
agrios,
cuando fui a tu encuentro.
Octubre y sus ojos de azabache atravesándome, como si adivinara mi apetito. Sí, todo se encuentra en su lugar.
Un amanecer teñido de ásteres caprichosos;
escondido, un refugio embriagado del perfume de las fresias,
donde cientos de narcisos susurran su nombre, incansables.
Concupiscencia
/kon.ku.pi.ˈsen.sja/
Del latín concupiscentia, «deseo ardiente, codicia o ambición».
En la moral católica, deseo o apetito excesivo y desordenado de bienes y placeres deshonestos, particularmente los de índole sexual.















