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Hoje é dia de exercer a democracia! 🗳️
Neste domingo, os brasileiros vão às urnas para exercer seu direito ao voto e participar das decisões que fazem parte da vida democrática do país.
A democracia é um valor que também está presente na história do Sport Club Corinthians Paulista. Nos anos 80, em meio ao regime militar, a Democracia Corinthiana mostrou a força da participação coletiva e do diálogo.
Muito além de uma lembrança de nossa história, a data reforça a importância de uma sociedade em que diferentes ideias possam coexistir com respeito e que todos tenham o direito de participar.
Vote. Participe. 🏴🏳️
#VaiCorinthians
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Me aburrí de que me acusen de antisemita, sionista, proHamás, antipalestino. Por si a alguien le interesa, un artículo que publiqué en El País hace un par de años:
¿Qué significa ser judío? Yo debo serlo: mi madre lo es porque su madre lo fue porque su madre lo fue. Así que soy judío, aunque, en la práctica, me define más ser escritor o hincha de Boca. Pero lo soy, aun si no termino de saber qué es eso. Ser judío, dijo algún judío, es preguntarse qué significa ser judío.
No es, sin duda, una religión, y esa es su originalidad. Nadie diría soy católico porque sus antepasados lo fueron. Diría, si acaso, soy español, soy mexicano, soy católico si creyera en su dios. Los judíos no: para ser uno, alcanza con ser hijo de una. No es una decisión, es una herencia; no es una creencia, es una tradición.
Ser judío es, para mí, una manera de leer la historia, recordar un recorrido de milenios por todo tipo de vicisitudes, recordar tantos filósofos y músicos y sastres y obreros que lo fueron, recordar que a mi bisabuela Gustawa Rosenberg la asesinaron los alemanes en Treblinka, y recordar con orgullo que los judíos fueron uno de los muy pocos pueblos que vivieron siglos sin Estado ni reyes ni dinero ni cárceles. Esa era su distinción, su diferencia -que les valió persecuciones y matanzas. Todavía, en castellano, la palabra judío puede ser un insulto. Lo sostiene el Diccionario de la RAE: una de sus acepciones es “persona avariciosa o usurera”. Y los señores académicos la mantienen y muchos hispanoparlantes lo creen. Como se creen, ahora, que judío e israelí son sinónimos.
Fue una pena: a mediados del siglo pasado, cuando la masacre superó todo lo previsible, la respuesta de algunos judíos consistió en perder su diferencia, armar un Estado, armarlo, parecerse a los otros. Yo lamento que se haya creado ese país: hubiera sido mejor seguir mezclándonos, moviéndonos, descreyendo de ejércitos y jefes. Pero entonces no parecía posible, y ahora somos muchos los que lamentamos que Israel -como Irán, Arabia, El Salvador- haya sido secuestrado por una camarilla de extrema derecha y que, so pretexto de haber sido víctimas, haga víctimas a otros.
Soy judío, decía. Y eso, pese a lo que suponen muchos ignorantes, no supone que defienda a Israel. Por eso lamento también que tantos españoles y ñamericanos se crean -o pretendan creer- que judío e israelí son la misma cosa y, peor, que israelí y gobierno israelí también lo son. Son muchos los israelíes y somos muchos los judíos que no compartimos sus políticas -como fueron muchos los norteamericanos que no quisieron pelear contra Vietnam, muchos los españoles que no apoyaron los asesinatos franquistas.
Por eso me duele que la violencia del Estado de Israel sirva para refrescar el antisemitismo clásico. Me duele, por ejemplo, la ligereza con que tantos periodistas atribuyen el apoyo norteamericano a Israel a un supuesto “lobby judío”, tan poderoso y rico que obliga al gobierno USA a defender a sus correligionarios. Es la versión actual de esa panfletería que, durante siglos, pretendió que todos los judíos eran ricos, avaros, prestamistas rapaces, mentirosos: la vieja “conspiración judeo-masónica”, el Diccionario de la RAE. ¿No es más simple entender que Estados Unidos necesita una avanzada en una de las regiones más explosivas del planeta y que por eso sostiene a Israel desde hace casi 80 años? ¿O que cuando vende innúmeras armas a Israel el que gana fortunas es el famoso complejo industrial-militar norteamericano, sus fabricantes de armas -todos muy gentiles-, que forman un lobby tanto más poderoso que cualquier junta judía? ¿O que por eso el desdichado presidente Biden sigue perdiendo votos pero no detiene la masacre de Gaza?
Parece que no: que nos resulta más familiar hablar de esos “lobbies judíos”, oscuros y siniestros, en la mejor tradición del antisemitismo europeo. El gobierno ultra de Netanyahu mata por la misma razón que muchos otros: para aferrarse a su poder. Es lo que hizo el general Galtieri cuando quiso invadir las Malvinas o el cabo Hitler cuando quiso hacerse con Europa. Más allá de que ese hombre sea judío o mahometano o hincha de River Plate, lo que importa son sus ambiciones, su política, su idea del mundo –que se parece mucho más a las de Trump, Orban o Bukele que a las de millones de judíos.
Yo -ya queda dicho- soy judío: no tengo nada que ver con señores como Netanyahu, de la misma forma en que soy español y rechazo a Abascal, argentino y rechazo a Milei. Pero a muchos les conviene mantener la confusión: que el gobierno israelí no lo hace por ultraderechista, que lo hace por judío. La falacia es el producto de siglos de discriminación: sería bueno aprovechar esta desgracia para empezar a corregirla.
Un país que le exige más a la Federación Mexicana de Futbol, que a sus gobernantes, está condenado a QUE EL PRÓXIMO AÑO REGRESE EL ASCENSO Y DESCENSO.
Contundente el mensaje del @senadomexicano
Va por una reforma de ley para que regrese el ascenso y descenso en el fútbol profesional mexicano.
La anunció el senador (MC) @ClementeCH
La deliberaremos (MOR): @NachoMierV , presidente de la Junta de Coordinación Política
La respaldaremos (MOR): @higinio_mtz , presidente del Senado
Están de acuerdo los coordinadores y vicecoordinadores de PAN, PRI, PVEM y MC
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Se acuerdan del texto de Pablo Ferri. Bueno, no es la primera vez que EL PAÍS es cuestionado por su contenido. Sus lectores le reclaman todo tipo de asuntos. A veces el periódico se defiende, otras, reconoce que se equivocó y corrige.
Muchos no lo saben pero en EL PAÍS….
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Reitero mi llamamiento para que cesen los repetidos actos de violencia contra la población civil palestina en Cisjordania y pido con urgencia a la comunidad internacional que vele por el avance de la solución de dos Estados, en pro de una paz justa y duradera.
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jejejeje Está asustado este propagandista porque las figuras de ultraderecha que tanto promovió ahora que llegaron a los gobiernos son un desastre completo. No hay un solo gobierno de ultraderecha hoy en América Latina que pueda presentarse como un éxito. De modo que sabe que es cuestión de tiempo para que la gente comience a votar contra estos fallidos experimentos extremistas que se vendieron como los portadores de todas las verdades y los que sabían de economía, riqueza, etc.
Pero al margen de eso, interesante dos cosas que podemos extraer de lo que dice. Primero, confirma algo que en mi caso he estado diciendo hace mucho tiempo por aquí y en espacios académicos: la gente no vota por ideología, vota por su metro cuadrado. En ese marco, las ultraderechas no ganan porque la gente se hizo derechista sino porque en su momento lograron presentarse como algo nuevo y debido a que conectaron justamente con ese metro cuadrado de preocupaciones cotidianas.
Lo otro es que en lo que señala hay una negación intrínseca del propio ideario "libertario". Ellos siempre han negado el fundamento materialista del marxismo. Pero ahora, que ven que sus ideas fracasan una vez llevadas a los gobiernos, de repente se han hecho materialistas. En el sentido de que están reconociendo aquella máxima marxista de que son las condiciones materiales del individuo lo que determina sus niveles de conciencia. Postulado que, en mi caso, no tomo como algo absoluto en tanto reconozco la autonomía de la política y que esta tiene una lógica propia que impone límites a lo racional, como dirían desde un Weber a un Laclau. No obstante, sí es determinante. Pero esta gente en su propósito de negar todo lo que se explique dentro del andamiaje conceptual marxista se dedicaron a refutar ese tipo de postulados. Y así a propagar toda esa superchería "libertaria" y "minarquista".
Pero ahora desesperados le piden a sus ultraderechas gobernantes que hagan algo por mejorar la vida material de la gente para que no vuelvan a ganar las izquierdas/progresismos. Esto demuestra algo que también hemos dicho: no tienen proyecto estas ultraderechas. Por eso son un desastre y fuera de propagar odio y arrodillarse a los fascistas que por ahora gobiernan en EE.UU. no tienen absolutamente nada que ofrecer.
Por cierto, cuando Milei salga del gobierno este propagandista tendrá que volver a vivir de sus redes sociales. Que es su lugar natural. No la academia ni el pensamientos serio.
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Humanos inventan un deporte. Clubes sin fines de lucro lo desarrollan y popularizan. Federaciones crean el espectáculo más impresionante del mundo.. En 2026 empresarios privados quieren quedarse con todo. Sin haber hecho nada. La historia del capitalismo.
eldiarioar.com/deportes/boic…
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La UEFA tiene muy claro que si FIFA privatiza el fútbol mundial el beneficio privado importará más que el fútbol -porque los inversores querrán rentabilidad.
Con el fútbol parece fácil de entender.
¿Y con la salud, la educación, la jubilación...?
¿En serio no lo entienden?
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Lo revisé y es peor que lo que pensaba: hay muchas columnas que pueden leerse sin suscripción pero la mía no porque está bajo el sello "M+", sólo para sus suscriptores.
Jijijiji: ¿yo se la doy gratis y ustedes la cobran?
Digan algo, @Milenio
Es curioso: @Milenio reproduce un artículo mío. Todo bien, porque yo autoricé su reproducción a quien quisiera hacerlo. Lo curioso es que este diario no me deja entrar a ver mi propio artículo porque no soy suscriptor.
Hay algo que no funciona, no?
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El país más racista del mundo
Me tiene impresionado nuestro nuevo racismo. Me dieron ganas de escribir sobre eso pero no de publicarlo en algún medio. Prefiero que quede aquí, al alcance de quien quiera leerlo.
Una conciencia nueva recorre el planeta. No lo sabíamos pero ahora sí: el saber progresa incontenible. En estos días he escuchado y leído varias veces que la Argentina es “el país más racista del mundo”. Es cierto que, según dicen esos mismos, queremos ganar todo y no sabemos perder: quizá nos ofrecen este primer lugar para compensar nuestras derrotas futboleras. En cualquier caso la noción es brutal y me dio ganas de contarles cómo es el racismo en la Argentina para que ustedes juzguen. A veces, muy de tanto en tanto, conocer los hechos puede ser una ayuda.
Antes del desembarco de los españoles no se sabe: no queda registro de esa gente, pero eran pocos y vivían en grupos laxos, no había estados, la discriminación era difícil. El primer racismo rioplatense registrado fue, entonces, el de aquellos soldados que llegaron para tratar de ocupar aquellas pampas –habitadas por seres inferiores a los que había que ordenar, educar, catequizar y explotar todo lo posible para salvar sus almas, pobrecitos.
El problema, en toda América, fue que los locales no alcanzaban para extraerlo todo y además se morían casi siempre. Por suerte los grandes del reino dieron con la solución: llevar otros trabajadores.
Entre 1550 y 1800, grosso modo, el reino de España secuestró o hizo secuestrar a tres o cuatro millones de africanos para llevarlos a trabajar a sus colonias americanas. El viaje era duro: alrededor de un tercio moría en alta mar. Para los que llegaban la vida era casi peor: el trabajo de todo el día todos los días para un dueño más o menos implacable según los casos y la estrategia comercial. Algunos pensaban que era mejor negocio cuidar a sus esclavos y explotarlos durante muchos años; otros, que convenía explotarlos más aunque duraran poco, porque tampoco eran tan caros. No estamos hablando de la Edad de piedra en Baluchistán: es aquí mismo y son los grandes reyes cuyos nombres nombran calles y escuelas y orgullos españoles.
Nuestros racismos más extremos tienen su base en este tráfico. Los dueños de los esclavos justificaban su violencia arguyendo que los negros eran inferiores porque eran negros y, al ser inferiores, podían ser secuestrados y reventados a fuerza de trabajo. El racismo como excusa y consecuencia de la explotación.
(Siglos después esa historia incómoda también se solucionaría con un relato simple en que la diferencia venía de la raza o la nacionalidad: los malvados imperialistas europeos abusando de los pobres africanos. Los malvados imperialistas europeos abusaron, por supuesto, de los africanos pobres, pero la diferencia fundamental, una vez más, era la clase: reyes y nobles y poderosos africanos apoyaban y aprovechaban la caza y tráfico de africanos para la exportación. Algunos usaban el mito de la Patria: los capturados eran extranjeros, decían, gentes de otros reinos. Faltaba mucho para que se inventara la negritud, la noción de que todos los africanos tenían en común la raza, el sufrimiento.)
La actual Argentina y su puerto, Buenos Aires, no compraron muchos esclavos: no había minas ni plantaciones donde usarlos. Fueron sobre todo trabajadoras y trabajadores domésticos. Buenos Aires en 1810 tenía menos de 40.000 habitantes; los negros serían unos 10.000. Empezaban las guerras de la independencia contra España y algunos fueron a pelear. La mayoría eran soldados rasos, pero no por ser negros; por ser pobres.
En 1813 una Asamblea Constituyente pre-argentina decretó la “libertad de vientres”. Sonaba a abolición de la esclavitud pero no lo era: significaba que los nuevos hijos de esclavas no serían esclavos pero que los esclavos ya existentes no dejarían de serlo hasta su muerte. Así, los honorables diputados calmaban sus conciencias y los dueños de los esclavos –a menudo ellos mismos– no perdían dinero resignando sus propiedades de dos patas. Solo cuarenta años después la Argentina abolió por fin la esclavitud. Para ese entonces Estados Unidos y Brasil la mantenían como una base decisiva de su economía.
La mayoría de los negros de Buenos Aires no sobrevivió al siglo XIX. En 1865 una “Triple Alianza” de argentinos, brasileños y uruguayos se lanzó a la guerra contra Paraguay para cortar sus veleidades de desarrollo autónomo. En el ejército porteño había soldados negros –y muchos fueron muertos. Lo mismo en la siguiente guerra, cuando los ricos porteños decidieron matar a los indios que vivían en las pampas para apropiarse de sus tierras. Y la puntilla fue, probablemente, la gran epidemia de fiebre amarilla de 1871, que se encarnizó con los negros –porque vivían en los lugares con la peor higiene.
En Argentina, tras todo ese desastre, no quedaron muchos. Ahora, junto con Chile, es el país latinoamericano donde hay menos. Por eso, entre otras cosas, fue patético cuando una serie de medios “serios” de Estados Unidos denunciaron que la Argentina era tan racista que en su selección de fútbol no había ningún jugador negro –en un país donde no llegan al 0,7 por ciento de la población.
Su marca más profunda en la cultura argentina es una palabra: el tango era un lugar donde los negros se juntaban para cantar y bailar. Pero la música del tango es, como casi todo en esas tierras, producto de la mezcla de la inmigración.
En 1880 el país tenía unos dos millones de habitantes; en 1920, alrededor de diez millones: la mayoría eran inmigrantes. Se destacaban los italianos y los españoles pero también había franceses, ingleses, alemanes, polacos, rusos, turcos, sirios, portugueses, griegos, japoneses, tantos más. En esos años la mitad de la población de Buenos Aires había nacido en otra parte y el preámbulo de la Constitución prometía “los beneficios de la Libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.
Por supuesto, hubo un intento de reacción racista de parte de los ricos argentinos que los habían convocado imaginando que sólo recibirían contadores suizos y poetas toscanos. En cambio llegaron pobres sin educación, mucho anarquista y socialista, gente inconveniente. Hubo peleas pero, a largo plazo, los recién llegados se impusieron.
Y entre ellos se pelearon poco. Siempre hubo chistes y pequeñas reyertas, por supuesto, de tanos y gallegos y moishes y franchutes pero la mezcla sucedió enseguida: fueron comunes, ya desde el principio, las bodas entre gentes de orígenes distintos. Y la escuela pública, gran logro de esos años, fue el mejor instrumento de amalgama, la fábrica incesante de argentinos.
Hacia 1930 el país prosperaba. Seguía siendo el gran exportador de carne y grano, sus latifundios sin vergüenza, pero empezaba a sostener ciertas industrias. El desarrollo necesitaba brazos; los europeos, envueltos en sus crisis y guerras, ya no migraban tanto. Empezaron los desplazamientos internos: millones de argentinos de las provincias –que allí llamamos “el interior”– bajaron a la capital a buscar mejores vidas. Muchos tenían la piel un poco más oscura por viejos mestizajes. Los porteños ricos –y los que querían parecerlo– los llamaron “cabecitas negras”.
Era un racismo sin leyes, social, una pelea –y fue quedando aislado. Pronto el peronismo se ofreció a representar a los recién llegados y ellos lo abrazaron. Con el tiempo el peronismo fue variando –si algo hace es variar todo el tiempo– y buena parte de esos inmigrantes internos se integró. A partir de 1960 –y cada vez más– empezó a fluir otra corriente de ciudadanos de los países limítrofes que llegaban a buscarse la vida. Nunca tuvieron trabas burocráticas o policiales y ahora mismo se supone que son dos o tres millones, si acaso un cinco por ciento del total.
Y sin embargo en ese país en crisis, cuyos ciudadanos eligieron uno de los gobiernos más desagradables del planeta, no hay un uso político del rechazo a estos inmigrantes más recientes. Debe ser que esos politicastros dispuestos a todo lo han hecho medir y descubrieron que los votantes argentinos no lo agradecerían tanto como los españoles o alemanes o italianos o franceses o ingleses. La xenofobia no es, en Argentina, ese tema central que la ultraderecha y la derecha ha impuesto en nuestros países europeos.
Y tiene sentido: en la Argentina, por suerte, no hay pureza posible. Somos pura mezcla, somos los mismos y distintos: no podemos descalificar a ningún otro –porque nosotros mismos somos otros.
Hay, por supuesto, esa discriminación hacia los pobres que está por todas partes y ninguna FIFA, ninguna ONU, ningún gobierno condena. En Madrid, donde muchos inmigrantes islámicos no le pasan bien, el otro día vi una caravana de coches oficiales, brillosos, alemanes, bruta custodia policial, que paraba en la puerta del museo del Prado para que lo visitaran, obviando cualquier cola, cinco o seis jeques impecables. Esos jeques eran tan “moros” cómo cualquier víctima de Vox; la diferencia no está en la piel sino en la caja fuerte.
Yo soy español (una sola vez) y soy argentino (otra sola vez) y también soy un poco polaco, judío, ruso, todas esas cosas que me hacen parecido a algunos y muy distinto de otros que podrían definirse igual. Está claro que en las últimas décadas la Argentina fracasó en muchas cosas. Ya estamos en las semifinales mundiales del fracaso, pero triunfamos en mezclarnos. Por eso no nos resulta fácil ser racistas. Lo siento. Pero, por el amor de dios, no desesperen: si eso es lo que quieren, lo seguiremos intentando.
(Si alguien quiere reproducir estas palabras, sólo debería citar la fuente -o retuitearlas.)
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Una cuenta de X en redes sociales acaba de publicar un artículo que le está dando la vuelta al mundo y trata sobre el porqué toda la gente le tiene tanto resentimiento a Messi sin sentido alguno. El texto es demasiado largo. Pero los puntos principales son los siguientes:
-El fútbol es una de las pocas cosas que están documentadas casi a la perfección. Hay veinte años de partidos, entrevistas y videos disponibles en internet. Casi cualquier afirmación que haga alguien puede verificarse en menos de un minuto. Y, aun así, la narrativa venció a la evidencia.
-Eso es lo que lo hace tan interesante. Si la opinión pública puede cambiar de forma tan drástica alrededor de, probablemente, el futbolista mejor documentado de la historia, imagina lo mucho más fácil que resulta hacerlo en ámbitos donde la mayoría de las personas no puede verificar nada por sí misma: la política, los mercados o incluso la salud. En esos casos, normalmente dependes de la versión de los hechos de otra persona.
-En diciembre de 2022, todo el planeta celebró que Messi levantara la Copa del Mundo. Este verano, todo el mundo lo está llamando tramposo y villano (sobre todo personas que nunca ven fútbol y adolescentes).
-Los algoritmos detrás de las redes sociales presentan a Messi como villano, esto porque funcionan mejor que los que antes lo mostraban como una leyenda.
-Estas cosas rara vez comienzan con una mentira descarada. Normalmente empiezan con algo real: una falta sin mostrar la jugada previa, una decisión arbitral sin la repetición que la explica o un clip técnicamente correcto, pero al que le falta el contexto suficiente como para contar una historia completamente distinta.
-Luego el algoritmo toma el control. Miles de versiones compiten por la atención; las que generan más interacción sobreviven y todo lo demás desaparece. Después de un tiempo, los clips que sobreviven dejan de sentirse como momentos aislados y empiezan a convertirse en temas de conversación. Finalmente, se convierten en “conocimiento común”.
-Personas que no podían nombrar ni a un solo mediocampista de una selección…de repente empezaron a tenerle resentimiento a Messi.
-Un estudio del MIT analizó alrededor de 126,000 afirmaciones compartidas por aproximadamente 3 millones de personas en redes sociales durante un periodo de once años. En todas las categorías estudiadas, las historias falsas se difundieron más lejos, más rápido, con mayor profundidad y de forma más amplia que las verdaderas. En promedio, la verdad tardó unas seis veces más en llegar a 1,500 personas, mientras que las falsedades tenían un 70 % más de probabilidades de ser compartidas.
-No es difícil entender por qué. La indignación, el conflicto y la sorpresa captan mucho mejor la atención que las noticias reales.
-También no olvidemos lo que es financiado. Gran parte de lo que parece contenido espontáneo de aficionados en realidad no es espontáneo.
-En 1922, Walter Lippmann argumentó en Public Opinion que las personas no responden directamente a la realidad, sino a las “imágenes que tienen en la cabeza”. Él escribía sobre los periódicos. Hoy, esas imágenes son clips de quince segundos seleccionados por algoritmos.
-Los psicólogos llaman a parte de este fenómeno el efecto de verdad ilusoria, uno de los hallazgos más consistentemente replicados en la psicología. Los estudios han demostrado que el simple hecho de ver una afirmación una sola vez hace que las personas sean más propensas a considerarla verdadera más adelante, incluso si es falsa. El efecto puede durar días, sobrevive incluso a las etiquetas de verificación de datos y aparece aun cuando la afirmación contradice algo que las personas ya saben.
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¡PERO AQUÍ NO ES ASÍ! 🇲🇽🔥
Aquí estamos hechos diferente. Somos de nuestra esencia, somos de nuestra historia, somos de nuestra cultura, somos de nuestros antepasados… 🙌🥹🇲🇽
¡Aquí #SomosMéxico! 💚🤍❤️
































