
ALT Desde la última columna publicada el 4 de julio han ocurrido tres acontecimientos matterialistas (con dos tes): España ganó su segunda estrella, Messi anunció su retiro de la selección a través de tres hojas manuscritas y un chico replicó la caligrafía del astro argentino para convertirla en una tipografía que sirve para todo lo que importa. Desde listas de la compra con antojo de chocolate hasta para cartas de amor entre adolescentes que, veinte años después, sus hijos descubrirán amarillentas en el cajón de los papeles. La columna del 27 de junio se titulaba Matterialismo, un concepto acuñado por el sabio tramontano Luis Miguel Barral para referirse a la disciplina de hacer artefactos y relaciones que importen. Empresas, objetos, emociones... cualquier manifestación que exalte lo humano. Recordaré estos dos meses como mi primer verano matterialista. ¿Qué sentido tiene crear algo que está destinado, con casi toda seguridad, a perder dinero? Porque no hacerlo te hace perder la alegría

ALT ¿Jugamos? Resume con un verbo cada década que has vivido y las que vivirás. Si hemos trabajado juntos, sabes que una de mis preocupaciones es pensar en el largo plazo desde el principio. Impacta directamente en la coherencia, la velocidad y los costes. Esta cualidad me lleva —sé que actúo mal— a no festejar demasiado los cumpleaños. Desde la treintena, celebro décadas. Fue el momento en el que entendí qué era lo importante, qué hacía bien, qué podía mejorar y qué no. Sabía construir, pero no disfrutaba escalar. Sabía motivar en petit comité, pero me incomodaba hablar en público por una combinación de timidez e impostura que he aprendido a gestionar hasta llegar a inspirar. Prioriza los verbos a los adjetivos. Cuando una empresa se autodefine como innovadora o humana, está decorando. Un verbo trabajado a conciencia, en cambio, fija una mentalidad que puede definir desde las estrategias hasta los comportamientos. Esa mañana olvidó mi nombre. El verbo fue cuidar.



























