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🔊 Lo que no quieres escuchar.
Colombia
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La ANDI del futuro
¿Cuál será el futuro de la ANDI si cede a las presiones de un gobierno que la quiere arrodillada?
¿Cuál será la ANDI del futuro si no entiende que ha atravesado momentos mucho más complejos que éste, en el que la quieren más haciendo propaganda que defendiendo los intereses de sus asociados?
¿Cuál será la ANDI del futuro si terminan por hacerle creer que “calladita se ve más bonita”?
No son preguntas retóricas. Son preguntas claves en un momento en el que la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia enfrenta los embates del autoritarismo.
Desde No Apto creemos que el actuar del gremio ha sido fundamental en la discusión nacional: ha debatido sobre los problemas económicos y sociales de nuestro país respaldando sus posturas en diagnósticos serios que, aunque nunca estarán exentos de críticas, han enriquecido la conversación pública.
Además, consideramos que el liderazgo ejercido por su presidente, Bruce Mac Master, ha sido honesto y transparente, y que, aunque la Asociación tiene su respectivos sesgos, éstos no han impedido que la defensa de sus intereses pueda verse armonizada con la compresión de los intereses opuestos.
Colombia enfrenta varios retos: crisis fiscal, inseguridad, un sistema de salud en cuidados intensivos, informalidad creciente y crecimiento económico precario, por mencionar solo algunos, y la ANDI será vital en la priorización de acciones y enfoques para atenderlos.
Por eso creemos que tanto la continuidad de Mac Master en su presidencia como la independencia del gremio hacia el gobierno de turno son las condiciones mínimas para responder de manera precisa y acertada las preguntas que hacemos al principio de esta editorial.
Para mirar el futuro son necesarias dos cosas: no ponerse de rodillas y levantar la cabeza. De lo contrario, es imposible mirar hacia el horizonte.
¿Un presidente con pistola?
Por: @GouffrayMaria
La aparición del presidente portando un arma esta semana causó revuelo. "¡Antirrepublicano!", "Va en contra del carácter civil de la presidencia", "Peló el cobre”, “¡Dictadorzuelo!"… Entre lunes y jueves “X” estalló en insultos y diatribas, e incluso entre las comentadoras más sofisticadas no hubo quién defendiera al pistolero.
¿Pero verdaderamente es tan novedoso que un presidente aparezca portando un arma? ¿Debería escandalizarnos a tal punto? Y si sí, ¿Por qué?
En la muy breve historia de las repúblicas democráticas modernas (la más antigua y estable, aún con todas sus contradicciones y debilidades, es Estados Unidos), los presidentes no sólo han portado armas: también han sido retratados con espada, sable y pistola en mano.
Para entender por qué, debemos remontarnos a los orígenes del republicanismo, su antecedente fundamental: el movimiento ilustrado, y su madre filosófica: el contractualismo. La obra fundamental de esta última es El Leviatán (1651). Cuando Thomas Hobbes se sentó a escribirla, Europa se estaba desangrando debido a sus incesantes guerras civiles y religiosas. De ahí que Hobbes planteara un problema clave: si todas las personas tienen acceso a las armas y pueden ejercer violencia para cumplir con x o yobjetivo, viviremos en guerra perpetua. Es por esta razón que debemos ceder nuestra libertad (en este contexto, entiéndase por libertad el derecho a ejercer violencia) y reconocer una autoridad soberana: la única que podrá tener armas. Con esto, ya se establece un vínculo claro entre el gobernante y las armas: en la era moderna el Estado representa, primero y antes de nada, ese ente que, como diría Max Weber, detenta el monopolio legítimo de la violencia.
Y, sin embargo, antes de que surgieran las repúblicas democráticas modernas, esta asociación entre la figura del gobernante y las armas todavía no era tan clara. Después de todo, la monarquía se valía más de símbolos sagrados y tradicionales que militares para legitimar su poder. Basta con revisar el retrato oficial de Luis XVI, pintado por Antoine-François Callet en 1779. Los símbolos del poder y la autoridad monárquica no son una espada ni una pistola: son el manto, el cetro y el trono.
La transformación ocurrió en el siglo XVIII, con las revoluciones que dieron lugar a las primeras repúblicas democráticas modernas. Para crear los nuevos Estados republicanos, había que tomar las armas contra los reyes. Fue así como el ciudadano que toma las armas para defender la Revolución se convirtió en un elemento fundamental de la república, y los primeros presidentes en representantes de la ciudadanía armada. George Washington, por ejemplo, aparece en múltiples retratos con su espada y su rifle. Cientos de esculturas y obras de representan a Bolívar cargando su espada. San Martín siempre es retratado con su sable. O'Higgins aparece uniformado. Y Sucre con su traje de general.
La tensión fundamental de este meollo está en que, aquellas armas que nos ayudaron a fundar la República y consolidar el Estado, en una república democrática moderna, también deben estar sometidas a las instituciones. A esto se suma que, en el siglo XX, la supremacía del poder civil sobre el militar se convirtió en un principio fundamental de las democracias constitucionales. De ahí que sea menos común encontrar retratos de presidentes armados en nuestra era…
Y quizás es mejor que así sea. Después de todo, si algo hemos aprendido en el último siglo, es que la democracia es frágil, y que los presidentes que juegan con símbolos de poder, a menudo terminan montando trono.
En defensa de Comfama
Por: @MachadoRold
Hay cuestionamientos que merecen toda la consideración y otros que apenas merecen atención, para luego seguir con lo importante. El ataque reciente de algunos malintencionados contra @Comfama y su director, David Escobar, pertenece a esta segunda categoría: no vale la pena detenerse en el repertorio de quienes viven de la provocación y la rapiña política, porque detenerse ahí es concederles algo que no se han ganado y, en todo caso, tampoco construye país. Lo que sí merece nuestra atención es lo que está detrás: una disputa, no del todo nueva, sobre qué hacer con las instituciones que funcionan.
Colombia tiene pocas instituciones que puedan mostrar, con cifras verificables, siete décadas de continuidad y resultados. Comfama es una de ellas. En 2025 llegó a 4,7 millones de personas gracias a los aportes de 127.000 empresas afiliadas. Hace una década cubría a 977.000 trabajadores; hoy son 1,5 millones. Acompañó a 640.000 familias con subsidios por 783.000 millones de pesos, ayudó a 137.000 personas a conseguir empleo y, junto con EPS Sura, atendió a 1,9 millones de afiliados en salud. Nada de esto ocurre por generación espontánea. Ocurre porque hay una administración que ha sabido convertir aportes obligatorios en bienestar tangible, con una gestión que ha sido honesta y competente.
Vale la pena decirlo con la sobriedad que el tema exige: defender a Comfama no es un acto de lealtad personal hacia @davidescobara, ni una negación de que las instituciones deban rendir cuentas. Al contrario. Comfama está sometida a la vigilancia de la Superintendencia del Subsidio Familiar, de la Contraloría, de su revisoría fiscal y de un consejo directivo donde tienen asiento empresarios y trabajadores. Ese es, precisamente, el lugar donde deben resolverse las dudas legítimas: en los mecanismos de control, con pruebas, no en la plaza pública de las redes sociales, donde la reputación se destruye más rápido de lo que la verdad puede reconstruirse.
Lo que vemos en Colombia con las cajas de compensación no es un fenómeno aislado. Es parte de un patrón más amplio, visible también en otras latitudes, donde el desprestigio sistemático de lo que funciona se ha convertido en método político. Se erosiona la confianza en una institución, se allana el terreno retórico y luego se presenta como necesaria una intervención que, casualmente, termina en manos afines a quien la promovió. No hace falta ser ingenuo para reconocer el patrón, ni hace falta ser conspirativo para nombrarlo como una posibilidad que exige vigilancia ciudadana, no resignación.
La pelea, entonces, hay que darla peleando, pero con las armas correctas, las que nos distinguen de la bajeza moral de quienes están detrás de los ataques: la evidencia, la memoria institucional y la honestidad intelectual. Comfama tiene una historia que contar con datos que refuerzan el relato: 317 puntos de atención en todo el departamento, sedes nuevas en Apartadó y Amagá, el primer subsidio menstrual del país, una Clínica Panamericana que atendió a casi 300.000 pacientes. Esa es la Antioquia real que la caja ha construido, con aciertos y también con los ajustes que toda institución viva debe hacer.
Defenderla no es un acto de lambonería o complacencia con sus directivas. Es reconocer que las instituciones que funcionan son escasas y que, cuando alguien las ataca sin pruebas, el silencio de quienes las conocen es una forma de complicidad. Por eso, sin ingenuidad, pero con la tranquilidad de quien tiene los datos de su lado, digo #YoSoyComfama. @Comfama @davidescobara
Del arma de Chéjov a la pistola de Abelardo
Por: @catamontoya
Hay un principio en narrativa que es una especie de ley para cualquier escritor, dramaturgo o guionista que quiera cumplir las expectativas que genera dentro de una historia: si se pone un arma en una escena, más adelante es necesario dispararla.
El concepto lo escribió el gran cuentista ruso Anton Chéjov en una carta a su amigo Aleksandr Semenovich Lazarev enviada el primero de noviembre de 1889 y luego se conoció y se enseñó como “el arma de Chéjov”.
El 8 de septiembre pasado @Abdelaespriella firmó el decreto que levantaba la suspensión de permisos para el porte de armas. En su cuenta de X publicó un video en el que se veía sentado ante un escritorio, en lo que parecía una de las oficinas presidenciales, con una pluma y un documento en la mano; un plano después, apareció en primer plano el que sería el mismo documento, ya sin las manos del Presidente, con una pistola o una funda de pistola puesta a un lado, ambos encima del escritorio que se mostró al principio.
Días más tarde, hubo que hacer zoom en las fotos, o en los fotogramas de los videos; frotarse los ojos para corroborar de nuevo. Sí, el 22 de septiembre, De la Espriella se hizo retratar y grabar con una Glock 15 gen 5 semiautomática para luego él mismo difundir esas imágenes por sus redes sociales. Estaba patrullando Santa Marta en un vehículo blindado, en medio de la tensión por el paro armado impuesto por las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada.
Hasta ahora la continuidad del guión es impecable, una secuencia: arma en escritorio junto a decreto acerca de armas (INTERIOR/DÍA); arma en el pantalón de Presidente (EXTERIOR/NOCHE). Tal como lo aconseja Chéjov. Hasta ahora se trata de un relato que cumple con lo que ordenan las leyes de la narrativa: ningún detalle de las escenas está allí por accidente; cada elemento cumple una función anticipatoria, explicativa o simbólica.
Falta que dispare su 9 milímetros. No sería descabellado, siendo él un hombre de bien y en uso de plenas facultades mentales y emocionales, como lo ordenan los requisitos para andar con un arma amparada de uso personal, según la revista Cambio, como la del Tigre,.
Estamos todos expectantes, en suspenso, como en una película de terror, algunos; otros, los más entusiastas, como en una de la saga de Rambo, esperando por la baja de alias Pinocho, Calarcá, Chiquito Malo, Iván Mordisco y ver sus bolsas blancas.
Pero hay otra técnica de la narrativa, que también se aplica en la política, conocido como el “red herring”, que empezó a usarse en las novelas de detectives, como Sherlock Holmes, o las de Agatha Christie, que consiste en construir maniobras de distracción para plantar pistas falsas y distraer al lector.
Tal vez la pistola en el cinto sea eso, un señuelo para que las audiencias volteemos a ver al feroz Tigre en posición de caza, con los pantalones que se necesitan para gobernar este país y darles duro a los delincuentes, e imaginarlos muertos de miedo con la llegada de la fuerza del Estado.
Y que, de esa forma, los ciudadanos, que no audiencias, no nos demos cuenta o minimicemos el hecho de que el paro armado de Santa Marta empezó y terminó cuando los delincuentes quisieron y que, como lo vieron los periodistas menos obnubilados, no necesitó gran despliegue de hombres en las calles con los cuales el Tigre con su pistola y los efectivos del Ejército pudieran entrar en combate.
Bastaron whatsapp y llamadas telefónicas de intimidación para que los comerciantes se abstuvieran abrir sus negocios, a pesar de que policías o soldados custodiaran las puertas de los locales, armados hasta los dientes. Esto, porque los ciudadanos, que no audiencias, saben que levantado el paro, idas las cámaras, el carro blindado del Presidente con su Glock 15 de fabricación estadounidense, se quedan ellos, pagando su respectiva extorsión, hasta el próximo paro, hasta la próxima puesta en escena.
Polarización y hemiplejia política
Por: @PabloMuneraU
En el prólogo de la edición francesa de La rebelión de las masas Ortega y Gasset afirma: “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”; y remata: “ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”.
Confluyo con Ortega en parte, porque considero que esa hemiplejia no es solo moral: es también ontológica, axiológica y epistemológica. En suma y para el tema que nos ocupa, una hemiplejia política, que solo atiende a unos intereses y necesidades y descarta otros imprescindibles.
Si simplificamos al máximo y nos remitimos a la diferencia más sustantiva entre ambas ideologías, la derecha privilegia el interés y el bienestar individual, especialmente el de los más privilegiados. La izquierda, por su parte, pondera el interés y el bienestar colectivo, sobre todo el de los postergados.
Esto en teoría, por supuesto. En la práctica, hay, por ejemplo, personas y grupos que se dicen de izquierda y les interesa conservar y perpetuar su estatus de privilegios, como los Ortega en Nicaragua y los Castro en Cuba. Pero hay que diferenciar entre lo que la ideología dicta y lo que los hombres hacen.
La hemiplejia, que es un fenómeno físico (la parálisis de un lado del cuerpo), se toma aquí en sentido metafórico e ilustrativo, para hablar de los reduccionismos producidos por estas ideologías.
El primero es ontológico, es decir, esencial, en el sentido de que no hay ninguna persona que sea totalmente individualista ni absolutamente cooperadora. La tensión básica que habita al ser humano –y por ende regula las relaciones sociales– es entre individuo y sociedad, entre el yo y el nosotros. La tensión, antagónica y complementaria a la vez, entre el mundo interior y el exterior de la persona, entre individuo y sociedad, entre natura y cultura nunca terminará.
En El malestar en la cultura, Freud recalca esta realidad humana indisoluble: “Tal como el planeta gira en torno de su astro central, además de rotar alrededor de su propio eje, así también el individuo participa en el proceso evolutivo de la humanidad, recorriendo al mismo tiempo el camino de su propia vida”. La diferencia es que el universo responde a un orden más que menos imperturbable, mientras que en el ser humano no cesa el antagonismo entre la felicidad individual y la unión humana, o lo que es afín, entre individuo y cultura.
Por lo dicho hasta ahora, el reduccionismo también es epistemológico, del conocimiento, principalmente el científico y filosófico. Para Hegel “la realidad humana sólo puede ser social. Es necesario, por lo menos, ser dos para ser humano”. Eso no anula el individuo, sino que le permite definir su singularidad o su identidad, que se construye en la alteridad, en la relación con los demás.
En una columna publicada hace un mes en El Espectador y titulada El animal anómalo, el escritor y polímata colombiano Julio César Londoño ilustraba bien esta tensión:
“Llevamos siglos tratando de explicarnos esta esquizofrenia de la especie. Los neurólogos dicen que en la cabeza del hombre luchan un combate encarnizado el cerebro reptiliano, un depredador voraz, y el cerebro mamífero, que es tierno y solidario. Los sicólogos les dan otros nombres a estos instintos y nos hablan de la oposición entre la pulsión de vida, que nos lleva al amor, y la pulsión de muerte, ese vértigo que nos lleva a matar por ambición, o la paranoia que nos lleva a matar por miedo a la muerte, a que el otro nos madrugue y nos mate antes”.
El tercer y más latente reduccionismo es axiológico, de valores. La derecha promueve el individualismo –base del liberalismo, según Harari– y la competencia, que normalmente derivan en envidias, celos y otras emociones negativas y hasta vengativas que atentan contra la vida en sociedad. Ya lo advertía Einstein (1952): “La insistencia exagerada en el sistema competitivo y la especialización prematura en función de la utilidad inmediata matan el espíritu en que se basa toda vida cultural, incluido el conocimiento especializado”.
Pero el individualismo también es expresión de la libertad. Bien manejado, es decir, sin dejarlo pervertir en el egoísmo, le permite al ser humano destacarse de la manada, sobresalir como una figura en medio del fondo, en otras palabras, ser reconocido como un ser único e irrepetible, que es quizás el ideal más profundo de las personas.
La izquierda, por su parte, fundamenta sus valores en la igualdad y la solidaridad, indispensables para mantener la vida en comunidad, pues lo que hace a la sociedad no son los individuos sino las relaciones entre estos. Son valores que protegen otro gran anhelo humano, la dignidad, entendida como el derecho que tenemos todos a ser tratados como iguales en tanto miembros de una misma especie.
Pero si estos valores y los conexos se llevan a extremos, devienen en un igualitarismo en el que se diluyen la identidad y el reconocimiento, y se desestimula el esfuerzo individual, tan necesario para el desarrollo personal, social y, por supuesto, económico. El llamado de atención del maestro Estanislao Zuleta en este sentido es claro: “El verdadero derecho es a ser diferente, cuando uno no tiene más derecho que a ser igual, eso todavía no es un derecho”.
Ser humano es el colmo del egoísmo y del altruismo a la vez. Cuando Sartre proclamó que “el infierno son los otros” (1944), ya Víctor Hugo había advertido lo contrario: que “el infierno está todo entero en la palabra soledad” (1886), la cual, sugiere, es el campo de juego de Satanás.
Exacerbar cualquiera de las dos tendencias y cercenar la otra – que es lo que suelen hacer la derecha y la izquierda– nos arrastra al abismo de la polarización extrema; de la enajenación y del extrañamiento. A una lucha paranoide con la existencia o a algún tipo de totalitarismo, que es a lo que terminan conduciendo las hemiplejias morales y políticas.
Trágame tierra
Por: @CamilaAvril
Primero da pena ajena: Es que apenas llevo dos días en el cargo, me tiraron a los toros así. Pobrecito (el pobrecito es de él mismo).
Hay momentos en que se toca el cuello, incómodo: dónde está la capa de invisibilidad de Harry Potter cuando se necesita.
Luego da incluso pesar, tan sincero: Administrativamente, Colpensiones lo estoy entendiendo porque sería irresponsable decir que conozco la entidad profundamente.
Pero hasta ahí, porque la pregunta es simple: por qué le dieron un cargo (el de presidente de Colpensiones, una entidad fundamental, en la que está en juego la economía de muchos pensionados) para el que no está preparado y por qué lo aceptó.
El mismo presidente lo ha reiterado, o eso dice el comunicado de la Presidencia: “Los colombianos esperan y merecen funcionarios preparados, con pleno dominio de los asuntos bajo su responsabilidad y capacidad para entregar resultados desde el primer día”.
¿Y entonces por qué lo nombraron? Porque lo cierto es que al tercer día ya se habían dado cuenta de que no cumplía con esa lista y lo sacaron del cargo. Quizá se puso a pasar tiempo de calidad con la familia por la noche en lugar de ponerse a estudiar para la intervención aquella (la ironía es mía). Y entonces estuvo nombrado la irrisoria suma de tres días. Lo que cuesta la sinceridad cuando llega tarde: debió ser honesto (consigo mismo y con el país) antes de decirle sí al cargo para el que no estaba preparado, que su tesis de grado sobre la Ley 100 le daba experticia en otras lides (y no resultaba ser Navidad, como lo expresó él).
Pero se nos olvida que la corrupción (hay pequeños actos de corrupción aceptados socialmente) también empieza ahí, cuando aceptamos trabajos para los que no tenemos las credenciales porque nos puede más el bolsillo o, incluso más, la visibilidad.
Es peor si es un cargo público, que lo describe bien el comunicado de Presidencia: “En este Gobierno no hay cargos para aprender sobre la marcha cuando están en juego asuntos esenciales para la vida y el futuro de los ciudadanos. Las pensiones y los ahorros de los colombianos exigen el máximo rigor, conocimiento y responsabilidad”.
Otra vez: ¿Y entonces? Si está claro que está en juego la vida y el futuro de los ciudadanos y si se exige el máximo rigor, conocimiento y responsabilidad, ¿por qué no se dieron cuenta de las fallas en el proceso de selección?
Dónde está la promesa de tener solo funcionarios técnicos, muy expertos, muy responsables, muy trabajadores, muy firmes.
Porque hay dudas sobre la idoneidad de muchos otros. Quizá expertos y estudiosos sí, pero no en el cargo de su experticia. Para empezar, digamos porque la Cultura es más cercana a mí, la ministra de Cultura, la directora de la Biblioteca Nacional y la ministra del Deporte. Pero como esos no nos parecen tan esenciales para la vida, pues ajá.
Nada de pena ajena, que en un mundo capitalista, hasta la desesperanza cuesta.
En defensa de la JEP
Por: @mariod2118
Hay un columnista en No Apto que se llama Samuel Machado. Solemos estar en diferentes puntos cuando se discute en el grupo de WhatsApp donde estamos todos los columnistas. Casi siempre estamos en puntos distantes, casi siempre contradictorios.
Nos unen dos o tres cosas: nos gustan las canciones de Joaquín Sabina, ambos somos hinchas del Medellín (aunque gane) y estamos de acuerdo en que la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) es un tribunal necesario para este país que solo ha sabido resolver sus cosas dando bala o enterrándolas en el olvido.
Menciono a Samuel porque fue él quien publicó recientemente un hilo con algunos de los logros de la JEP que ahora pretenden ignorar o demeritar aquellos que esperaban que, tras el proceso de paz, hubiera solo barrotes y larguísimas condenas, aunque en verdad deseaban —aún lo hacen— el cadalso.
En fin, gente que nunca entendió de qué va una negociación y para qué es un proceso de paz. O sí entendieron, pero prefieren mentir y tergiversar, presentar infundios como denuncias para ganar aplausos.
Recuerdan Samuel y otros tantos (en Vorágine, en Presunto Pódcast) que es gracias a la JEP que hoy sabemos que, por lo menos, 18.677 niños y niñas fueron reclutados por las Farc, por ejemplo, que es una cifra que suelen citar muchos de los que resienten aún que el Estado colombiano haya llegado a un acuerdo con el grupo guerrillero. Sin la JEP y sin el acuerdo no tendríamos certeza sobre la magnitud de ese crimen.
También es obra de la justicia transicional el que nos enteráramos de que los mal llamados falsos positivos no fueron 6.402, como se dijo en un principio, sino 7.837, porque había más de mil casos perdidos en el maremágnum de denuncias y dolor que ha sido la historia reciente de Colombia.
El trabajo articulado entre la JEP y la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) ha permitido entregar dignamente a sus familias 830 cuerpos, actos que no reducen el dolor de la muerte, pero sí la permanente zozobra de la desaparición.
Y por allí pasan todos (o casi todos), porque entre los comparecientes hay gente que perteneció a las Farc, están miembros de la Fuerza Pública y algunos civiles que les están aportando verdad a las más de catorce mil víctimas que quieren saber por qué les pasó lo que les pasó y quiénes fueron los causantes de sus tragedias.
Porque es la existencia de la JEP la que ha permitido que los señalados como culpables se acepten como culpables, que es parte fundamental del proceso de paz para que haya verdad, justicia, reparación y no repetición: han reconocido crímenes los miembros del antiguo secretariado de las Farc, más de cien mandos medios de esa guerrilla y un buen número de altos mandos militares.
Todavía hay quienes hablan de impunidad, quizá porque confunden justicia con venganza. O tal vez porque les interesa llevar la discusión hacia terrenos donde es más fácil desinformar e indignar sacando de contexto declaraciones, imágenes, sanciones… Ya se sabe qué fácil es manipular a la gente cuando se le invita al enojo.
Es en las audiencias de la Jurisdicción Especial para la Paz donde hemos escuchado los más desgarradores de los testimonios a los que les siguen —no siempre— los más generosos perdones y entonces lloramos algunos con aquellos que se abrazan porque quizá creemos igual que ellos que en ese abrazo y en esas lágrimas está la fórmula para pasar la página. Pero luego resulta que hay quienes nos quieren cerrar el libro para que no sepamos nada.
Tal vez porque es eso lo que pretenden cuando atacan a la JEP: el silencio. Que no se sepa, que no se ahonde, que no se revele nada más, que caiga sobre todo ello el velo del olvido. ¿A qué le temen? ¿Será que quieren evitar que aparezcan nuevos nombres, otros crímenes, otros responsables? ¿Será por eso el afán de asfixiar este tribunal cortándole los recursos económicos, mintiendo sobre lo que ha hecho la JEP en estos años, demeritando sus hallazgos?
Ellos, tan católicos, tan creyentes, tan todos juntos y exaltados al grito de ¡Viva Cristo Rey!, olvidan a su antojo las partes de la Biblia que no les gustan o no les convienen: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». ¡Ah, qué miedo el que le tienen a la verdad!
Paz sí, pero no así
Por: @ncalleh
El día de ayer, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) publicó imágenes de Rodrigo Londoño, alias Timochenko, excomandante de las FARC-EP, construyendo estructuras con ramas de bambú como parte del cumplimiento de la sanción impuesta por ese tribunal, tras ser declarado máximo responsable de más de 21.000 secuestros cometidos por las FARC-EP durante el conflicto armado colombiano.
Si bien aplaudo que esté cumpliendo con la “pena” impuesta por este tribunal, sí considero que debemos preguntarnos si las sanciones propias que impone la JEP son suficientes para garantizar los derechos de las víctimas a la justicia, la verdad y la no repetición, especialmente el primero y el último. Entiendo que la justicia transicional no puede medirse con los mismos parámetros de la justicia penal ordinaria y que sus sanciones persiguen también objetivos restaurativos. Sin embargo, cuando la respuesta frente a crímenes de semejante gravedad prescinde de la prisión y reduce considerablemente su componente retributivo, resulta legítimo preguntarse si ese modelo satisface realmente las exigencias mínimas de justicia o si, por el contrario, corre el riesgo de acercarse demasiado a aquello que precisamente pretendía evitar: la impunidad. La pregunta cobra aún más relevancia cuando, en los últimos días, se ha discutido la posibilidad de reducir el presupuesto de este tribunal en alrededor de 170 mil millones de pesos.
Como colombianos, creo que debemos aceptar una realidad dolorosa: la JEP no ha cumplido su cometido. Después de casi ocho años de funcionamiento y de haber dispuesto, según cifras citadas por la senadora María Clara Posada, de alrededor de 3,8 billones de pesos entre 2020 y 2026, sus resultados deben ser objeto de un escrutinio particularmente riguroso. Al cierre de 2025, la propia Jurisdicción reportaba 333 imputaciones, mientras que sólo recientemente comenzaron a producirse las primeras sentencias de fondo. Ante semejante inversión de recursos públicos, resulta legítimo preguntarse si los resultados obtenidos hasta ahora corresponden a las expectativas de justicia con las que fue creada.
Adicionalmente, vale la pena preguntarnos si las sanciones impuestas por este tribunal guardan proporción con la magnitud de los crímenes cometidos. A mi juicio, resulta un exabrupto que quien fue identificado como máximo responsable de más de 21.000 secuestros enfrente una sanción que no contempla prisión y que se materializa, entre otras medidas, en la ejecución de proyectos restaurativos. La justicia transicional tiene, por supuesto, una lógica distinta de la justicia penal ordinaria; pero reconocer esa diferencia no significa renunciar a una pregunta elemental: ¿puede hablarse realmente de justicia cuando la gravedad de la sanción parece tan distante de la gravedad de los crímenes que pretende castigar?
Para dimensionar ese contraste basta mirar otros precedentes de la justicia penal internacional. Ratko Mladić, comandante del Ejército de los Serbios de Bosnia y conocido como el “carnicero de Bosnia”, fue condenado por el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia por genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra. Su condena fue la cadena perpetua. Por supuesto, hablamos de tribunales distintos, creados en contextos diferentes y bajo modelos de justicia que no son directamente equiparables. Pero la diferencia resulta difícil de ignorar: mientras la justicia penal internacional respondió a atrocidades de semejante gravedad con la máxima pena disponible, en Colombia quien carga con responsabilidad por miles de secuestros cumple una sanción sin prisión. Esa distancia es, precisamente, la que debería obligarnos a discutir si en nuestro afán por alcanzar la paz no terminamos sacrificando demasiado de aquello que también prometimos a las víctimas: justicia.
Eso no significa que la solución sea acabar anticipadamente con la JEP. El Estado debe permitirle culminar el periodo para el cual fue creado y cumplir, como recientemente manifestó el ministro de Justicia, Iván Cancino, los compromisos constitucionales y legales que adquirió en el marco del proceso de paz. Pero también debe exigirle resultados. A mi juicio, casi ocho años han dejado al descubierto una institución paquidérmica, costosa e ineficiente. Por eso, extender su existencia simplemente porque no alcanzó a cumplir dentro del tiempo previsto sería tanto como premiar su falta de resultados: convertir su propia lentitud en la justificación para otorgarle más tiempo, más recursos y una nueva oportunidad para hacer aquello que precisamente debía haber hecho durante los años que ya tuvo.
La paz exigía compromisos y el Estado debe honrarlos; lo que no exige es convertir una jurisdicción transitoria en permanente. Cumplidos sus términos, habrá que evaluar qué hizo, qué dejó de hacer y, sobre todo, qué ocurrió con los derechos de las víctimas. Y allí donde frente a los crímenes más graves no exista una investigación o un juzgamiento genuinos, deberán operar, cuando jurídicamente corresponda, los mecanismos de la justicia penal internacional, incluida la Corte.
La hoguera del siglo XXI
Por: @Migueevam
Era un placer cortar.
Era un placer ver las páginas cortadas, arrancadas, escaneadas para procesar todas sus letras entre patrones de ceros y unos. Era un placer partir los libros como se parte un kilo de carne, ver cómo sus lomos se desprendían de las solapas y se procesaban para luego botarlos. No era un proceso manual, las páginas no se arrugaban ni doblaban, sino que se soltaban del libro con un corte limpio de una cortadora hidráulica, como se cortan el acero y la piedra. Una operación mecánica, sintética, eficiente.
No es una simple paráfrasis de Fahrenheit 451, no es cualquier ejercicio creativo, esta es una realidad.
El Proyecto Panamá es un polémico proyecto de la empresa Anthropic, creadora de la IA Claude, que busca digitalizar libros usados para así entrenar a la IA con la información proveniente de esos libros, mientras que estos serían desechados después de ser procesados, afirmando en un documento interno que este era un «esfuerzo de Anthropic por digitalizar de forma destructiva todos los libros del mundo».
La polémica se desencadenó cuando se reportó que la empresa Anthropic había comprado toneladas de libros a librerías de usado en Alemania, España, Países Bajos, Nueva Zelanda y Australia en una modalidad de venta muy inusual, encargando grandes cantidades de libros sin un motivo específico. Además, se filtraron documentos en portales como el Washington Post que revelaron que estas compras masivas hacían parte de una operación secreta que buscaba escanear “de forma destructiva” todos los textos de la humanidad, y aseguraba que “no queremos que se sepa que estamos trabajando en esto”.
Este escándalo ha generado varios debates respecto a los alcances de la Inteligencia Artificial, los dilemas éticos que asumimos al entrenar de esta manera a una herramienta sumamente poderosa y los sacrificios que estamos dispuestos a aceptar como sociedad al acceder que información muy valiosa sea privatizada y destruida.
A lo largo de la historia ha habido varias quemas de libros, varios intentos para controlar el acceso de la gente a la información que algunos consideraron improcedente, inmoral o, por algún otro motivo repudiable.
Ardieron hogueras en la Edad Media buscando acabar con la herejía; ardieron hogueras en el Renacimiento cuando los descubrimientos científicos desafiaron los dogmas de la Iglesia; ardieron hogueras en las Guerras Mundiales para callar las voces de los autores que el régimen Nazi consideraba “degenerados”; y hasta ardieron hogueras en la Colombia de mitad del Siglo XX, para acabar con la pornografía y la corrupción a menores, y muchos años después se referirían a esto como un “acto pedagógico”.
Por lo general estas acciones se hacían buscando que la gente no tuviera acceso a algún conocimiento que desafiara o cuestionara a las élites, pero me atrevo a creer que es la primera vez en la historia que un exterminio de libros se hiciera buscando masificar el acceso a los datos que contienen estas obras.
Parte de la controversia que desató este caso es alrededor de los derechos de autor que se vieron vulnerados con esta acción, pero yo pienso en algo más tangible, ¿Podemos creer que esa información está realmente a salvo?
Vivimos en una sociedad cada vez más dependiente de la tecnología digital, hasta tal punto que gran parte de nuestras herramientas funcionan gracias a la electricidad, conexiones inalámbricas, entre otros. Parece que creyéramos que son servicios garantizados y fiables, pero ¿en el caso de que estos servicios y plataformas cayeran, perdieran sus contenidos, habríamos sacrificado esa información que se consumió para que una máquina memorizara miles de datos y se los tragara en algoritmos sin dejar nada?
Además de esto hay otros factores en los que pensar, ¿cómo sería el consumo de los usuarios a estos contenidos si son empresas privadas, si la información no es realmente libre, sino que depende de los sesgos propios de los operadores de Anthropic? ¿Es esta otra hoguera que restringe nuestros conocimientos mientras que nos hacen creer que serán accesibles para todos?
El hecho de que esta operación se mantuviera en secreto nos responde parcialmente algunas de estas preguntas, pero nos deja con más dudas que certezas. Nuestra época es de resistencia, y nada está asegurado: ni los valores, ni la dignidad, ni el planeta. Salvemos a las ballenas, salvemos a los bosques, y salvemos nuestra mayor fuente de información y conocimiento para seguir existiendo.
¡Salven a los libros!
A propósito de segundos pisos
Por: @SantiHenaoC
Para escuchar leyendo: Antioqueñita querida, Luis Carlos González.
Quizás en otro lugar del mundo sería meramente natural haber construido lo que en Antioquia hemos logrado, excepto precisamente en ella. El departamento encierra en sí una sumatoria de dificultades geográficas, de aislamientos naturales, de riquezas minerales, ambientales y culturales. La Antioquia de las contradicciones es, también, la Antioquia de las oportunidades.
Me refiero al aislamiento que montañas y cañones, ríos y selvas nos impusieron desde el principio. Las primeras poblaciones estaban separadas por distancias que parecían insalvables, y solo la mula y los arrieros empezaron a acortarlas. Fue el oro el que nos hizo viables: la urgencia de la Corona por extraerlo obligó a abrir caminos, fundar poblados y mirar este rincón del mundo con otros ojos.
Con el tiempo entendimos que había que conectarse con lo que existía detrás de cordilleras y afluentes, y por eso emprendimos la colonización que buscaba crear el mundo al que no podíamos acceder. En la primera mitad del siglo XX esa vocación se tradujo en vías, túneles, ferrocarriles, puentes y puertos: una ingeniería revolucionaria, alimentada por la Facultad Nacional de Minas, que finalmente nos permitió alcanzar el mundo que antes solo podíamos imaginar.
Ese espíritu indomable —ese afán de progreso al que le escribiera Arango— dejó una huella profunda en la forma en que entendemos la vida. Y no lo digo para romantizar esa historia, porque la misma urgencia por abrir monte explica también nuestros fallos históricos y las injusticias que la sociedad antioqueña padece, y a veces ejerce. Pero sí sirve como una explicación, aunque simplista, de cómo se venció tanta adversidad para desarrollar un territorio como este.
Ahora bien, ese desarrollo podría ubicarse en el mapa con apenas un puñado de municipios. El centralismo sigue frenando la construcción de soluciones para las zonas que todavía hacen cierta esa región atrasada que describieron los cronistas coloniales: en cerca del 90% de los municipios, solo ocurre aquello que la Gobernación decide respaldar.
Por eso, lo que Antioquia necesita para el año entrante no es un liderazgo que reviva a punta de anuncios la épica de los arrieros, sino uno que la honre de verdad: que entienda que la gloria se nos oxidó, que la empresa para este siglo es el cierre de brechas entre el centro y la periferia. Un liderazgo consecuente con esa historia y con la capacidad de armonizarla con su futuro, uno que guie a Antioquia a entenderse de nuevo como hacedora de su destino.
En estos días en los que voces necias insisten en obras como un segundo piso para la avenida Regional en Medellín, mientras el resto del departamento sigue esperando una vía digna, un puente o un acueducto, debemos dejar claro que esas intentonas no son más que balas de salva que buscan con su estruendo alguna visibilidad. No son legatarias de la epopeya antioqueña, en todo caso la están traicionando. Proponerle a un pueblo que abrió selvas y cordilleras una solución de congestión urbana como si fuera su mayor urgencia, cuando la verdadera tarea pendiente sigue siendo la misma de hace un siglo: conectar lo que el centralismo ha dejado aislado, para que los antioqueños puedan sonreír.
¡Ánimo!
Educación e IA: a propósito del reciente informe del MIT
Por: @piedadrestrepor
El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), una de las universidades más prestigiosas del mundo por su calidad investigativa, la valoración de los empleadores sobre sus egresados, entre otros, acaba de compartir los resultados de un estudio sobre educación e inteligencia artificial que buscaba evaluar el uso actual de la IA en el MIT, Identificar innovaciones en la enseñanza y la evaluación del alumnado y proponer una política de uso de la IA
Luego de cinco meses de trabajo de dichos objetivos, se dieron cuenta que el alcance había sido limitado frente a las necesidades reales del MIT. Entre ellas, una muy relevante y es el valor de una educación en la universidad en la era de la IA y otros factores que complican la misión universitaria. Esta reflexión que ha hecho el MIT es el camino que todas las universidades y los centros educativos en el mundo deberían estar haciendo hoy.
Me sorprendió gratamente que como resultado de este ejercicio se compartieran ocho principios que guiaron el trabajo y que son la ruta para seguir avanzando. Y aunque ponen de presente que la universidad ha sido pionera en el surgimiento de la IA, tienen una responsabilidad de seguir fomentando la formación universitaria de calidad: de seres humanos por seres humanos, en apoyo del florecimiento humano y para el mejoramiento de la humanidad.
Este planteamiento llega en un momento crítico del desarrollo y avance vertiginoso de la IA. Varios investigadores de las mayores empresas de IA han dado declaraciones alarmantes sobre la amenaza creciente para la humanidad, que podría llegar incluso a la extinción de los humanos sobre la tierra, con una probabilidad estimada del 10% hasta ahora.
Ha sido tal el despliegue de este reconocimiento, que han intervenido desde líderes mundiales como Donald Trump, hasta el CEO de Anthropic, quien dio una entrevista la semana pasada con el ánimo de tranquilizar a la ciudadanía y a los mercados, aunque reconoció los graves riesgos de la IA y, por tanto, la necesidad de una regulación que va desde la supervisión independiente de los modelos de IA, hasta la regulación del sector y de la industria.
No es el propósito de esta columna centrarme en la probabilidad de la extinción del ser humano a manos de la IA, si no tratar de traer aquí las principales conclusiones del estudio y su derivación práctica en los entornos educativos, desde una mirada propositiva y menos fatalista.
Una de las principales conclusiones del estudio es que sin duda la IA exige una reevaluación más amplia e integral de la naturaleza, el alcance y el propósito de la educación superior en la actualidad. Yo añadiría que en todo el ciclo formativo porque el acceso hoy a la IA no excluye a ningún individuo y ya vemos por los resultados de las pruebas PISA que los estudiantes de 15 años hoy ya la están usando. Así que esta conclusión del MIT debe ser trasladada a otros ámbitos educativos. Ya la discusión no es sobre el aparato que se use en las clases -tabletas, celulares, computadores- si no qué aplicaciones se pueden usar en esos entornos y en casa para la elaboración de las tareas escolares y el proceso mismo de la enseñanza.
También destaca el informe otras preocupaciones más específicas que cualquiera que haya usado la IA también debería tener: la confidencialidad de la información compartida con la IA, la propiedad intelectual, la huella ambiental de los centros de datos de la IA, el acceso desigual, los sesgos, entre otros.
De los ocho principios enunciados para desarrollar el estudio me llamaron la atención tres: 1) se humilde: la IA va a tal velocidad que lo que hoy se pueda decir debe ser revisado con prontitud y muy seguramente cambiar el rumbo de acción. 2) se valiente: ante la incertidumbre creciente, no podemos quedarnos en la inacción. Ser valiente significa plantarse ante estos desarrollos y tomar cursos de acción de forma estratégica y audaz. 3) poner a la humanidad en primer plano: el informe destaca los problemas crecientes en el relacionamiento entre estudiantes y profesores, la desconfianza aumenta entre ambos y tiende a profundizarse, dado el uso de la IA con barreras poco confiables y regladas.
Destaco una frase que me pareció muy poderosa más allá de los avatares de la IA en la actualidad y es la concepción del MIT sobre el proceso educativo, que va más allá de notas académicas y diplomas: “ayudar a los estudiantes a comprender que el proceso educativo es necesariamente una lucha productiva, y que el producto más importante de su educación no es un promedio académico ni un diploma, sino ellos mismos: su crecimiento personal, su madurez intelectual y el desarrollo de su imaginación, perspicacia y criterio”.
El llamado del MIT es a reflexionar profundamente sobre qué se enseña y cómo se enseña. Asimismo, en el caso de los estudiantes, la IA no debe ser usada para reemplazar las funciones de pensar, aprender, crear y resolver problemas. Y en el caso de los desarrolladores de la IA, la reflexión debería centrarse en cómo esos desarrollos no reemplazan a los trabajadores sino que les permiten ser más eficaces y puedan abordar otros retos y nuevos conocimientos, en otros términos, poner en el centro al ser humano. Este llamado a la reflexión es extensible a cualquier ser humano hoy, más allá de la polémica del día a día: ¿Cuáles son las habilidades relevantes que debemos cultivar hoy? ¿Qué nos hace únicos y distintos a la IA? Son preguntas profundas y retadoras.
¿Los hombres sí lloran?
Por: @Tania_Torres___
¿O más bien qué tipo de hombre eres para poder llorar? ¿Un hombre blanco, famoso y lleno de privilegios?
Hace unos días se abrió nuevamente el debate alrededor de Los hombres sí lloran, el pódcast de Juan Pablo Raba. Y puedo confesar que, como muchos, esperaba encontrar un espacio capaz de hablar de lo que significa ser hombre hoy, de las formas en las que los hombres se relacionan consigo mismos y con los demás, de la salud mental, de las emociones que aprendieron a esconder y de esa idea de masculinidad que durante años les ha exigido ser fuertes, proveedores, dominantes y, sobre todo, incapaces de mostrar vulnerabilidad.
La idea era necesaria. La conversación también.
Pero después de escuchar algunas de las discusiones que se han generado alrededor del espacio, me queda una sensación distinta. Un canal que pretende hablar de salud mental masculina no puede terminar convertido en un comité de aplausos para hombres famosos, millonarios y llenos de privilegios, donde sus excesos, sus adicciones, sus infidelidades o sus decisiones más cuestionables se cuentan como anécdotas de una vida interesante, sin que exista también una confrontación sobre lo que esas acciones significan y sobre las personas que pudieron resultar afectadas.
Y no se trata de decir que los hombres no puedan equivocarse, consumir drogas, ser infieles, tener una vida de excesos o atravesar momentos difíciles. Se trata de entender que contar una historia desde la vulnerabilidad no elimina la responsabilidad sobre lo que ocurrió en ella.
Los hombres necesitan hablar de salud mental. Muchísimo. Los datos lo demuestran. En Colombia, durante 2022, 2.254 hombres murieron por suicidio frente a 598 mujeres, según datos del Observatorio de Violencia del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses. El grupo entre los 20 y los 24 años concentró el mayor número de suicidios para ambos sexos.
Y hay otra cifra que también debería hacer parte de esta conversación. Cerca del 93 % de las víctimas de homicidio en Colombia son hombres. Es decir, los hombres aparecen de manera abrumadora entre quienes mueren producto de la violencia, pero también son mayoritariamente hombres quienes ejercen muchas de esas violencias. Ahí está una de las conversaciones que no podemos dejar por fuera.
Hablar del sufrimiento masculino también implica hablar de la manera en que el patriarcado ha construido una idea de hombre que no puede llorar, que tiene que resolver, que no puede pedir ayuda, que debe demostrar permanentemente fuerza y que muchas veces termina sin herramientas para manejar lo que siente. Pero reconocer ese daño no significa quitarle al hombre la responsabilidad sobre lo que hace con él.
La masculinidad frágil tampoco debería convertirse en una excusa para romantizar la falta de control emocional, las adicciones, la irresponsabilidad afectiva o el abandono de las responsabilidades familiares. Un hombre puede estar deprimido y necesitar ayuda. Puede tener una historia difícil. Puede haber crecido en un entorno donde nadie le enseñó a expresar sus emociones. Todo eso merece ser escuchado. Y al mismo tiempo puede tener que responder por las violencias que ofrece, por las personas que lastima y por las responsabilidades que decide asumir o abandonar.
Me parece importante que podamos decirles a los hombres que llorar está bien sin convertir esa frase en el final de la conversación. Que puedan hablar de sus heridas sin que eso borre las heridas que ellos mismos han causado. Que puedan reconocer que también han sido víctimas de una forma de entender la masculinidad y, al mismo tiempo, preguntarse qué partes de esa misma estructura están reproduciendo.
Entonces sí, los hombres lloran. Y qué bueno que lo hagan. Pero un espacio que tiene la posibilidad de poner estas conversaciones frente a miles de personas tiene también una responsabilidad enorme: no quedarse únicamente en la comodidad de escuchar a hombres famosos contar sus heridas. Hay que abrir la conversación completa, incluso cuando resulte incómoda.
Un hombre puede llorar. Puede sufrir. Puede pedir ayuda.
Y también puede hacerse cargo de lo que hace después de secarse las lágrimas.
El silencio crea autoritarismos
Por: @MateoGrisalesC7
El pasado viernes, la prensa estadounidense cerró filas para defender la libertad de prensa después de que el presidente Trump decidiera prohibirles a tres medios de comunicación el acceso a la Casa Blanca. CNN, MS NOW y Politico fueron vetados del complejo presidencial y sus periodistas vieron revocadas sus acreditaciones. Días después, varios de los principales medios y cadenas de televisión suspendieron la cobertura de los eventos presidenciales en protesta por la medida. Un acto de protesta y de resistencia ante la afrenta a la democracia por parte de quien ostenta el poder.
Ya se está volviendo paisaje el hecho de que los gobernantes desafíen los valores que ha construido la democracia liberal. Censuran a la prensa con mentiras, arrinconan a los gremios económicos, acorralan, amenazan y destierran a funcionarios con criterios técnicos e independencia, deslegitiman a los jueces y las otras ramas del poder público y, por si fuera poco, atacan los derechos adquiridos por las luchas de las poblaciones minoritarias, diversas y vulnerables.
También nos estamos acostumbrando al ensordecedor silencio de la sociedad ante el apabullante poder de quien gobierna.
Los gobiernos populistas de nuestra época están socavando la democracia y la sociedad parece rendirse ante sus agresiones. Los gremios, los medios de comunicación y los poderes públicos no parecen tranquilos con las medidas autoritarias, los mensajes antidemocráticos y las actitudes intimidantes de los Gobiernos; pero el silencio y consentimiento están validando complacientemente sus acciones. El autoritarismo no se consolida solamente cuando el poder ataca las instituciones, sino también cuando quienes deberían ponerle límites guardan silencio ante los abusos.
En Colombia, el tigre ya ha rugido contra periodistas, gremios y funcionarios técnicos e independientes. En dos meses está alineando a la sociedad colombiana a las malas y está tensionando relaciones que tradicionalmente han cooperado o se han equilibrado respetuosamente. El Gobierno Petro rompió y maltrató a muchas de estas relaciones, pero el contrapeso democrático y deliberativo se hizo sentir sin temores. Abelardo no busca romper con esas instituciones sino subyugarlas para asegurar el aplauso y evitar la controversia.
La respuesta a esta actitud ha sido silenciosa, permisiva y complaciente. Parece que los actores de poder de nuestra sociedad tienen temor a represalias y prefieren susurrar en cócteles y restaurantes que levantarse de la mesa y protestar. ¿O estarán cómodos con el cambio de régimen y la destrucción de las formas que ha construido nuestra democracia?
Muchos tendrán miedo, no a las represalias, sino al encasillamiento. Pensarán que contradecir al gobernante de turno los pondrá del lado del opositor de turno. Lo que desconocen es que este debate no es sobre quién gobierna sino sobre cómo gobierna y de lo imperante que es recordarle al gobernante los límites que tiene su poder. Conviene refrescar la advertencia de Levitsky y Ziblatt: los autoritarios avanzan cuando las élites -y la sociedad- que podían frenarlos optan por acomodarse. ¿Tendremos la valentía y la unión para enfrentar el autoritarismo con el que ruge el poder?
No olviden: silencio tras silencio el poder se va imponiendo y nuestra democracia se va diluyendo.
1413 días para romantizar este país
Por: @MariantoniaRG
Cuarenta y nueve días de desasosiego y temor; días de una muy cuestionable batalla cultural. Lo más reciente, el presidente con su pinta entre safari y militar, anunciando su cacería de “ratas”, con un walkie talkie en la mano y un arma al cinto. Eligieron ya quiénes son periodistas “amigos” y contra los demás, orden de no atenderlos. Recortes en cultura, deporte y regiones. Cuarenta y nueve días contando muertos en bolsas, incendios mal atendidos y prórrogas mineras; días borrando a las niñas, a los campesinos, a los pensionados y a las familias.
Y faltan mil cuatrocientos trece días.
Frenar. Mirarnos y darnos cuenta de que, precisamente, esa ideología autoritaria y belicosa busca que le sigamos el rastro minuto a minuto. Que nuestros miedos sean infinitamente más grandes que nuestras esperanzas. Se alimenta del temor y no se sacia.
Entonces, ante tanta barbaridad, tendremos que resistir, día a día. Buscar, afinar el ojo; juntarnos a conversar, a planear y a sostener cotidianos ritos estéticos. Comprometernos juntos a acompañarnos; a darnos fortaleza.
No es cerrar los ojos para evitar la angustia. Es, al contrario, informarnos, despertar la curiosidad por comprender; es resistir al autoritarismo precisamente con lo que más alergia le produce: enfrentarlo con arte, con cultura, con formación, con ternura.
Ellos quieren terror, nosotros tenemos esperanza. ¿Nos quieren enemigos?, pues démonos la mano para ayudarnos. ¿Nos quieren sumisos?, denunciemos, cultivémonos. ¿Nos quieren agobiados?, bailemos y callejeemos, ocupemos el espacio público. ¿Nos quieren borrar?, hablemos, nombremos, expresemos.
Lo que tenemos para resistir no son chalecos antibala ni armas al cinto. Nos tenemos unos a otros. No tenemos walkie talkie ni disfraces de cazador. Tenemos humor, que tanta urticaria les genera. Tenemos palabras, para describir y comprender la realidad.
Porque mientras el embajador ante la ONU dice que este gobierno no cree en la “idea romántica de la paz”, nosotros seguiremos defendiendo la vida y la dignidad; celebraremos las verdades de la JEP; acompañaremos a los deportistas y a los artistas; seguiremos defendiendo los derechos de las niñas, de los niños, de las mujeres, de las familias, del páramo, de las montañas, de la universidad pública y de los periodistas independientes.
Sí, vamos a romantizar este país.
El corazón sitiado
Por: César Herrera De la Hoz
Esta semana, un operativo policial mató a “Cholo”, segundo cabecilla de Los Pachenca, y la respuesta del grupo —que incluyó amenazas que paralizaron el comercio y el transporte en Santa Marta— obligó al gobierno a militarizar la ciudad. Detrás de este episodio hay una guerra más vieja: desde hace años, Los Pachenca y el Clan del Golfo se disputan el control de la Sierra Nevada de Santa Marta, el “Corazón del Mundo” para diez pueblos indígenas, la montaña litoral más alta del planeta y la fuente de agua de tres departamentos. De esta historia hay cuatro lecciones que trascienden estos últimos días en la Sierra:
La primera: Pinocho, el máximo cabecilla de Los Pachenca, ya pasó por el sistema una vez y lo dejaron ir. Se acogió a la Ley de Justicia y Paz en 2011, el mecanismo para desmovilizados paramilitares. Volvió a delinquir en 2017. Lo capturaron en España en 2022, pero un juez colombiano lo dejó en libertad. Hoy es prófugo otra vez, y ofrece negociar su entrega bajo sus propias condiciones. Quince años después, sigue siendo el mismo hombre y el mismo problema sin resolver.
La segunda: el poder de estas estructuras no se mide sólo en armas, sino también en su capacidad de conectar con lealtades locales e imponer sin disparar. Hace tres semanas, el entierro de “Bendito Menor” en Riohacha reunió una caravana de motos, corridos y disparos al aire que mostró su base social. Esta semana, bastaron las amenazas a comerciantes y transportadores para paralizar buena parte de uno de los principales puertos del país.
La tercera: la Sierra es disputada porque el Estado nunca terminó de llegar. No es una casualidad ni una contradicción: es una combinación. El territorio cuenta con abundante agua, suelos fértiles, salida al mar y un turismo activo, lo que lo hace valioso. Pero las entidades del Estado que están ahí coordinan poco entre sí y no cubren bien las zonas rurales. Cuando algo vale mucho y nadie lo cuida de verdad, alguien más termina cuidándolo por su cuenta —y cobrando por ello.
Y la cuarta: negociar con un grupo armado durante años sin constatar una voluntad real de paz no solo no sirve de nada, sino que puede envalentonarlo. Mientras avanzaban las conversaciones de la Paz Total —un cese al fuego pactado en 2022 y un espacio de diálogo abierto en 2024—, Los Pachenca pasaron de unos 120 integrantes en 2019 a 594 en 2025, casi cuadruplicando su fuerza y aumentando su capacidad para extorsionar y ejercer control violento sobre el territorio.
La presión militar de esta semana es necesaria y debe sostenerse: un cabecilla que cae hoy no puede ser reemplazado mañana sin consecuencias. Pero la Sierra Nevada lleva décadas demostrando que los golpes por sí solos no bastan si no vienen acompañados de jueces, instituciones y presencia estatal sostenida en el tiempo, y que cada proceso de diálogo se cierra sin que nadie responda por lo que no se cumplió. Esa combinación —fuerza más Estado, no fuerza sola— es lo que ha faltado para que el “Corazón del Mundo” deje de estar, año tras año, bajo el control de quien esté dispuesto a imponerlo.
Una breve historia de la izquierda en Colombia
Por: @samuel_sarriaa
Los primeros adalides de la izquierda partidista en el siglo XX colombiano habrían sido María de los Ángeles Cano, Tomás Uribe Márquez e Ignacio Torres Giraldo, personalidades protagónicas del Partido Socialista Revolucionario (PSR) en 1926, después de que el Partido Socialista de 1919 no lograra consolidarse como una organización política formal.
Doña María, líderesa social y defensora de los derechos de los trabajadores, fue conocida como la “Flor del Trabajo”. Su vida estuvo al servicio del activismo social y a una intensa producción intelectual que comenzó en la tertulia Cyrano y continuó en espacios como El Correo Liberal.
Tomás Uribe Márquez, periodista, ingeniero agrónomo y humanista, promulgó las luchas contrahegemónicas de su tiempo y asumió una postura particularmente radical frente a la cuestión obrera. Su apoyo a los trabajadores afectados por la Masacre de las Bananeras de 1928 le valió persecución y represión policial.
Ignacio Torres Giraldo, por su parte, fue un ferviente sindicalista y antiguo simpatizante del liberalismo radical de Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera, cuyas ideas terminaría llevando hacia posiciones socialistas. Fue además redactor de La Humanidad y Tierra, dos publicaciones fundamentales de la primera izquierda colombiana.
No es casualidad. Buena parte de las ideas que posteriormente serían apropiadas por la izquierda colombiana —la defensa del trabajador, la ampliación de derechos, la función social de la propiedad y la crítica a los privilegios— tenían antecedentes en el liberalismo radical. La izquierda colombiana, antes de ser comunista, también fue heredera de una tradición liberal.
Pero aquella primera alternativa revolucionaria enfrentaría severas adversidades. La represión posterior a las Bananeras y la persecución de sus dirigentes terminaron por desarticular al PSR, que hacia finales de los años veinte había perdido buena parte de su capacidad política. De aquella fractura surgiría, en 1930, una nueva organización: el Partido Comunista Colombiano. A diferencia del socialismo heterogéneo del PSR, el nuevo partido asumió abiertamente el marxismo y buscó incorporarse a la tradición comunista internacional.
Aparecieron entonces Guillermo Hernández Rodríguez, Luis Vidales, Gilberto Vieira y Jorge Regueros Peralta, junto a antiguos dirigentes del PSR como Torres Giraldo. Hernández Rodríguez sería el primer secretario general del partido y Tierra, su principal órgano de prensa, serviría para difundir las reivindicaciones obreras y campesinas. Vidales, poeta y miembro de la vanguardia literaria de Los Nuevos, llevaría su vocación intelectual hacia la militancia revolucionaria y ocuparía la secretaría general entre 1932 y 1934.
Pero la izquierda no se confinó a las ciudades. El campo se volvería uno de sus grandes escenarios de disputa. Las ligas campesinas, las luchas por la tierra y las organizaciones de colonos e indígenas dieron al comunismo una base social que trascendía al movimiento obrero. Allí aparecerían figuras como José Gonzalo Sánchez, mientras Manuel Quintín Lame representaría una tradición de lucha indígena y agraria que conservaría mayor autonomía frente a los partidos. Luego vendría el liberal Jorge Eliécer Gaitán.
Después de investigar y denunciar los acontecimientos de las Bananeras, Gaitán construiría una alternativa distinta al comunismo. Esta sería la Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria (UNIR), que intentó organizar a trabajadores, campesinos y sectores populares alrededor de la cuestión agraria y de una concepción nacional de la transformación social.
Gaitán no era comunista. Su pensamiento mezclaba el liberalismo radical, el socialismo y el nacionalismo popular latinoamericano. La UNIR tendría una vida breve, pero su experiencia dejaría una corriente que posteriormente regresaría al Partido Liberal y se transformaría en el gaitanismo. Así, durante los años treinta quedaron configuradas varias tradiciones que marcarían la historia posterior de la izquierda colombiana: el comunismo organizado, las luchas agrarias y el gaitanismo nacional-popular.
Tras el asesinato de Gaitán, la izquierda colombiana entró en una nueva etapa. La violencia política, el Frente Nacional y el cierre del sistema partidista empujaron a distintos sectores hacia formas de organización más radicales. Surgieron las guerrillas liberales y, posteriormente, las FARC, nacidas en 1964 bajo la influencia del Partido Comunista, mientras el ELN y el EPL ampliaban el mapa de la insurgencia. Años después aparecería el M-19, una guerrilla de carácter nacionalista y urbano que, tras su desmovilización, tendría un papel decisivo en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991.
La izquierda también intentó regresar a las urnas. En 1985 nació la Unión Patriótica, surgida de los acuerdos de paz entre el gobierno de Belisario Betancur y las FARC. Su posterior exterminio convirtió a la UP en uno de los episodios más dolorosos de la historia de la izquierda colombiana. Más adelante, la desmovilización del M-19 y otras experiencias políticas contribuirían a la formación de nuevas expresiones electorales, hasta llegar al Polo Democrático y, décadas después, al proyecto que llevaría a Gustavo Petro a la Presidencia.
No se trataba únicamente de administrar ministerios, ocupar curules o disputar contratos públicos. Aquellos dirigentes tenían una causa que consideraban superior a ellos mismos: la tierra, los trabajadores, la soberanía, la organización popular y la transformación del orden social. Podían equivocarse —y se equivocaron—, pero existía una convicción de que la política debía producir una transformación histórica.
La izquierda colombiana llegó finalmente al poder con Gustavo Petro. Y cuatro años después, su heredero Iván Cepeda, no llegaría a la presidencia por menos de un punto porcentual. Mientras algunas de sus reformas comienzan a ser desmontadas, queda una pregunta: ¿qué queda de aquella izquierda que alguna vez quiso cambiarlo todo?
Quizá el desafío ya no sea simplemente volver a gobernar, sino encontrar una causa capaz de sobrevivir a un gobierno.
¿Cómo se lidera una revolución desde un Estado paquidérmico?
IA: ¿apocalipsis u oportunidad democrática?
Por: @ramondelosrios
En las últimas semanas la inteligencia artificial se ha puesto en tendencia. Los medios mundiales han titulado que el apocalipsis está cerca y eso ha abierto diferentes conversaciones, distintos frentes y muchos miedos relacionados con lo que nos espera como humanidad.
A mi modo de ver, estamos en una época que nos obliga a repensarlo todo. Y repensarlo todo lleva implícito entender el nuevo modelo político, social y comportamental que, como individuos y como colectivo, estamos adquiriendo.
Hoy las clases ya no se explican únicamente desde esa vieja división industrial entre quienes eran dueños de los medios de producción y quienes vendían su fuerza de trabajo. Esta nueva revolución, que podríamos llamar la revolución de la inteligencia artificial, parece estar creando otra clasificación: arriba están los dueños y desarrolladores de la IA; luego, los usuarios alfabetizados, quienes entienden estas herramientas, pueden pagarlas y empiezan a sacarles utilidad; y más abajo, quienes no tienen acceso, no pueden pagar, no entienden cómo usarlas o simplemente quedan por fuera de esta nueva alfabetización.
Hoy esa clasificación tal vez no se ve completamente reflejada en los ingresos de todos. Pero todo indica que, tarde o temprano, esa diferencia de acceso, conocimiento y uso terminará marcando nuevas desigualdades.
Los poderosos de la inteligencia artificial cuentan con un poder económico inmenso, y el poder económico, como sabemos desde hace mucho, influye en el poder político. Estas grandes empresas tecnológicas se comportan casi como imperios en una carrera por conquistar la llegada a la inteligencia artificial general. Y en medio de esa guerra entre imperios, el afán de sobreponerse los unos a los otros está llevando a una aceleración con muchos riesgos, pocos controles y una ausencia evidente de consentimiento social.
Y aquí aparece otro concepto: el contrato social en la era de la inteligencia artificial.
Si una tecnología como la inteligencia artificial puede revolucionarlo todo —nuestra manera de trabajar, de vivir, de comunicarnos, de estudiar, de crear, de entender el mundo e incluso de relacionarnos con nosotros mismos—, entonces vale la pena preguntarse en qué momento aceptamos esas nuevas reglas.
Si creemos en los Estados sociales de derecho, si creemos que somos un colectivo que consiente asociarse, negociar derechos, entregar poder y permitir que alguien regule la vida en común, entonces la pregunta es inevitable: ¿por qué ese contrato social no fue tenido en cuenta en la inteligencia artificial?
¿En qué momento, como seres humanos, decidimos aceptar que las reglas del juego cambiaran de un día para otro? ¿A quién de nosotros le preguntaron si estaba de acuerdo con que una tecnología replanteara nuestro modo de vivir, trabajar y existir?
La respuesta incómoda parece ser que no lo aceptamos. O, al menos, no de manera colectiva. Fue una decisión movida por el capital, por los intereses financieros de un grupo de empresarios especializados en tecnología, localizados principalmente en un país, que hoy están cambiando las reglas del juego para todos.
Por eso tenemos que preguntarnos a quién responden esos nuevos imperios tecnológicos. Cómo se les controla. Cómo se les exige. Cómo se les recuerda que no están por encima de la sociedad, aunque a veces parezcan comportarse como si lo estuvieran.
Creo que la respuesta empieza por tender puentes entre humanos. La solución no puede venir únicamente de quienes están creando el problema. Tiene que pasar por una sociedad civil informada, capaz de organizarse, de exigir derechos y de entender que esta discusión no es solo técnica, sino profundamente política.
No se trata de decir que los desarrolladores de inteligencia artificial son enemigos de la humanidad. No es eso. Pero sí de entender que, si por ellos fuera, probablemente los controles serían mínimos frente a todo lo que quisieran hacer. Y ante eso la única respuesta razonable es que, como sociedad, empecemos a exigir.
Hay ejemplos de resistencia. Los guionistas en Estados Unidos ya lo hicieron. Entendieron que la inteligencia artificial podía afectar su trabajo, sus derechos, su autoría y su futuro, y decidieron organizarse. Poco a poco empiezan a aparecer activistas, sindicatos, académicos, trabajadores y ciudadanos que entienden que esta discusión no puede quedar únicamente en manos de las empresas que venden la tecnología.
Tal vez ese sea el camino. No rechazar la inteligencia artificial por miedo. No abrazarla ingenuamente por fascinación. Sino exigir que entre al mundo bajo reglas democráticas, con controles, con límites, con responsabilidades y con una pregunta en el centro: ¿qué tipo de humanidad queremos construir con esta herramienta?
A nadie preguntaron. Pero todavía podemos empezar a responder.
El mejor oficio del mundo
Por: @Juanramirez889
Pocas cosas me han inspirado tanto como ver reunidos a más de 250 profesores de 11 países de América Latina preocupados por la educación de sus territorios. Ocurrió en Latido Latino Argentina 2026, un encuentro que consiguió algo que a veces parece difícil en la región: reunir nuestras diferencias alrededor de una preocupación común. Llegamos desde geografías, acentos y trayectorias profesionales distintas, pero terminamos hablando el mismo idioma: el de nuestros estudiantes.
Ser profesor en América Latina es una de las tareas más complejas y, al mismo tiempo, más bellas que puedan existir. No importa si la clase ocurre en México, si se habla guaraní en Asunción, si desde las favelas de Río se cuentan historias que llegan hasta el extremo austral de Argentina, si el aula está a más de 3.640 metros sobre el nivel del mar en La Paz, o si transcurre entre las montañas de Colombia, los territorios indígenas de Ecuador, las comunidades rurales del Perú, las ciudades de Uruguay, Chile o Panamá. Hay algo que nos hermana: enseñar en territorios donde las desigualdades, los conflictos y las dificultades sociales entran todos los días al salón de clase.
La red Teach For All trabaja alrededor de ese propósito y reúne organizaciones que, desde distintos países, buscan cerrar brechas educativas. Enseña por Colombia es una de ellas y fue allí donde, en 2016, tuve la oportunidad de ser profesor en el Urabá Antioqueño.
Llegué a la Institución Educativa Nel Upegui, en Chigorodó, como Periodista después de trabajar en algunos medios de comunicación en Medellín. De repente estaba enseñando Español, Ciencias Sociales y Filosofía a estudiantes a quienes parecía importarles poco saber dónde poner un punto y una coma, en qué año ocurrió la Revolución Industrial o quién fue Platón y qué significaba el mito de la caverna.
Los primeros meses fueron difíciles. No lograba que me escucharan y empecé a preguntarme si, además de haber abandonado un oficio en el que no terminaba de encontrarme, también fracasaría como profesor. Hasta que un día, con 35 grados de calor y cansado de intentar enseñar sin éxito, decidí hacer algo en teoría más sencillo: observar. Entonces descubrí un universo que no había visto.
Muchos de mis estudiantes caminaban durante más de una hora en la madrugada para llegar a tiempo a la escuela. Algunas estudiantes dejaban preparados los alimentos de sus casas y atendían a sus hermanos menores antes de salir. Muchos llegaban después de trabajar la noche anterior cortando y cargando racimos de banano para sostener a sus familias. Otros faltaban porque encontraban trabajo en el campo. Incluso algunos niños de nueve y diez años dejaban de asistir durante varios días para ayudar a sus madres a vender en el casco urbano los productos de sus parcelas.
Al comprender esta realidad, la pregunta cambió. Ya no era por qué mis estudiantes no querían aprender, sino qué estaba ocurriendo con ellos antes de entrar al salón. Y cuando cambió la pregunta, cambió también mi manera de enseñar. No abandoné los contenidos; cambié la manera de llegar a ellos.
Una caminata por una plantación bananera se convirtió en una clase de literatura. Allí apareció el realismo mágico, no como una definición para memorizar, sino en las historias que los propios estudiantes contaban: animales que devoraban niños, espíritus que llamaban a sus madres y relatos transmitidos de generación en generación.
Escribimos crónicas familiares para comprender cómo la violencia había transformado el territorio. Hicimos reportajes gráficos sobre la producción y el empaque del banano de exportación. Creamos un periódico llamado Haciendo Ruido para reclamar mejores condiciones de la escuela y que la educación no se detuviera. Leímos literatura local, aprendimos palabras en Emberá y hablamos de las costumbres de la región. No dejé de enseñar el currículo; empecé a enseñar desde el territorio.
Diez años después, en Latido Latino, rodeado de colegas de toda la región, volví a pensar en aquella experiencia. Y quizá por eso los resultados recientes de PISA me producen una preocupación que no puedo separar de aquella primera lección: antes de preguntarnos cuánto están aprendiendo nuestros estudiantes, necesitamos preguntarnos quiénes son y en qué condiciones están aprendiendo.
La OCDE publicó los resultados de PISA 2025. Colombia obtuvo 381 puntos en matemáticas, 399 en lectura y 414 en ciencias. Si se ordenan los 13 países latinoamericanos participantes por sus puntajes promedio, Colombia aparece sexta en matemáticas, sexta en lectura y cuarta en ciencias. Uruguay obtiene los puntajes más altos de la región en matemáticas y ciencias, mientras Chile encabeza lectura. Estas posiciones deben leerse con cautela, pues algunas diferencias entre países no son estadísticamente significativas.
No obstante, hay un dato que debería preocuparnos más que cualquier puesto. En Colombia, apenas el 29 % de los estudiantes alcanzó el nivel 2 o superior en matemáticas; en lectura lo hizo el 46 % y en ciencias, el 50 %. Además, los resultados de 2025 fueron estadísticamente similares a los de 2022 en las tres áreas.
El panorama regional tampoco es alentador. La crisis del aprendizaje atraviesa América Latina y forma parte de una preocupación internacional. La tentación ante estos resultados es buscar culpables: profesores, familias, estudiantes, Gobiernos, celulares o la inteligencia artificial. Pero una crisis educativa de esta dimensión difícilmente puede explicarse por una sola causa.
PISA mide algo importante: qué pueden hacer los estudiantes de 15 años frente a determinadas tareas de lectura, matemáticas y ciencias. Necesitamos escuchar lo que esos datos nos dicen. Pero una cifra no registra la caminata de una hora hasta la escuela, el cansancio de quien trabajó antes de entrar al aula, la responsabilidad de cuidar a los hermanos o el miedo de quien vive en un territorio atravesado por la violencia.
Eso tampoco significa que el contexto deba convertirse en una excusa para aprender menos. Significa exactamente lo contrario: comprender el contexto debería permitirnos enseñar mejor. Porque no se trata de escoger entre bienestar y exigencia, entre contenidos y emociones o entre tecnología y escuela. Es claro que una educación de calidad necesita estudiantes que se sientan reconocidos y seguros, pero también que aprendan aquello que les permita ampliar sus posibilidades.
Ser maestro en América Latina es una tarea titánica, pero también un acto de generosidad: una forma de transformar la realidad desde el aula y de sostener la esperanza en medio de la adversidad. Quizá por eso este siga siendo el mejor oficio del mundo: porque, aunque nos ubiquemos en geografías, acentos y trayectorias distintas, terminamos hablando el mismo idioma: el de nuestros estudiantes.
¡Firmes por la patria!
Por: @Martinposadam
Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales.
—Hannah Arendt.
Me contó Pericles, el de ojos pesados y horóscopo tieso, que el fin de semana pasado viajó a Villavicencio «para visitar a un amigo futuro» (yo tampoco le entendí). Después de pagar el peaje y coronar el descenso por la carretera reconocida por su olor a frenos y camiones que bajan a toda mecha entre túneles y puentes desafiantes, se detuvo en un chuzo cualquiera que anunciaba «Delicias» en un desteñido letrero azul de Postobón. Parqueó y notó que, quizás, él era el responsable del asfixiante aroma a engranajes malgastados…
Pericles había madrugado demasiado y la salida de Bogotá lo había dejado exhausto (puede que hasta estuviera enguayabado). «Un tinto y una arepa de queso con chorizo, por favor», ordenó sin mirar al mesero que lo atendió, también, sin mirarlo. «¡Firmes por la patria!», escuchó que le respondió a su pedido con una voz afónica, como de espanto o de una laringitis aguda. Confundido, Pericles alzó la mirada para ver si en los ojos del mesero descifraba el tremendo sinsentido de esa afirmación en ese momento y, sobre todo, el porqué de semejante disfonía. «Disculpe, señor», respondió, ahí sí, la voz templada del mesero, notando la duda de su cliente: «Es la cotorra del patrón. Solo conoce esa frase…»
Al parecer, ese verdeoscuro, pechiamarillo y melancólico animal acostumbrado a volar en caravana había perdido el rumbo y el patrón (que no estaba ese día) lo encontró caminando sobre el guardarraíles que separa el abismo de la carretera. «Sería un desenlace poético, una paradoja multinivel, otra agridulce victoria del peso sobre la levedad», me dijo Pericles al imaginar que un pájaro podría decidir lanzarse al vacío. Pero en fin, el patrón se detuvo, la recogió, la montó al asiento del copiloto y la llevó al restaurante.
Al parecer, durante ese recorrido de rescate, el patrón tenía la emisora del carro prendida y estábamos en época de elecciones. La voz de De la Espriella, auspiciada por las enamoradas miradas de los periodistas azules de este país, sonaba y sonaba en todas las frecuencias. Alguna que otra cosa decía entre tanta cosa. Ruido. Tanta bobada decía que, de repente, la cotorra rescatada musitó: «¡Jirmes por la patria!»
Según le contó el mesero —que ahora sí lo miraba a los ojos—, el patrón era un tipo más bien tranquilo al que la política lo tenía sin cuidado desde el asesinato de Galán. Como solo escuchaba a De la Espriella en la radio y en las cadenas de WhatsApp; como le parecía que hablaba con cierta fluidez y que no lo corchaban nunca (porque no le preguntaban nada de verdad, pero eso el patrón no lo sabía y, en realidad, lo tenía sin cuidado), pensó que esa exclamación de su cotorrita solo podía ser una buena señal. «Por fin», concluyó el patrón, «tengo claro mi voto». Poco sabía que la cotorra lo único que hacía era repetir el ruido.
Desde entonces, la cotorra pasa el día en un guayabo raquítico ubicado al frente del chuzo. Cada que llega un cliente, grita con su pico que parece oxidado: «¡Jirmes por la patria!» Hay quienes le toman fotos y le hacen videos que, orgullosos, publican en redes sociales escoltados por un hashtag firmesporlapatria o una bandera de Colombia o un emoji de un tigre que —pobrecito— nada tiene de monótono ni de caribeño.
Pericles pidió un segundo tinto y disfrutó viendo cómo las gentes posaban al lado de la cotorra. Se rió en solitario y casi se echa el café encima dándose cuenta de las semejanzas entre fotógrafos y fotografiada. También pensó (y esto me lo dijo ya con la lengua suelta por los varios tragos que teníamos encima) que esa cotorra, con barba, podría llegar a ser mejor presidente que el presidente mismo. «Me sorprende que no esté incluida en el gabinete», le respondí, borracho ya también. «Debe ser que no tienen presupuesto pa pagarle el peaje y llevarla a Bogotá», concluyó Pericles y se fue a orinar.
Esa mañana, mi viejo amigo de tiempos peores terminó su segundo café, prendió un cigarrillo en el parqueadero y, antes de montarse al carro para continuar por su camino incierto, se acercó a la cotorra y le dijo:
—¿Lorita quiere cacao?
—¡Firmes por la patria! —le respondió.
Sobreviviremos
Por: @slondonouribe
En la misma semana en que ingenieros, exempleados y propietarios de las grandes empresas de IA, nos recordaban, nuevamente y como lo hacen desde hace varios años, que la poderosa y misteriosa tecnología que los ocupa podrá, en el plazo de una década, acabar con la humanidad, me topé con un texto brillante del psicoanalista y filósofo alemán Erich Fromm. Caminaba hacía un evento de la Fiesta del Libro y desde una estantería su título me enganchó: La revolución de la esperanza. Hacia una tecnología humanizada.
El libro fue escrito en 1968 cuando la amenaza a la humanidad era la guerra termonuclear y los computadores apenas estaban haciendo presencia en la gran empresa y en el sector defensa. Aun así, sorprende la claridad, casi visionaria, de Fromm al plantear los retos y riesgos que se venían para los seres humanos y para la vida como la conocíamos. La segunda revolución industrial, dijo Fromm, no solo “reemplaza la energía viva por la mecánica, sino que está reemplazando el pensamiento humano por el de las máquinas”. Y afirma a continuación “Entre los efectos patogénicos que la sociedad tecnológica produce en el hombre deben mencionarse dos más: la desaparición de la privacidad y la del contacto humano personal”.
Más allá del diagnóstico hecho hace ya 56 años (¡), el libro de Fromm me gusta porque, en lugar de condenar el cambio tecnológico, abogar por la huida al campo o a las drogas o caer en el nihilismo de la inminente guerra final, el psicoanalista echa mano del ser humano, de su maravillosa y poderosa capacidad de conectar y colaborar con los demás miembros de la especie. En un capítulo llamado ¿Qué significa ser hombre? el autor repasa algunos de los rasgos y características de nuestra especie, que no son reproducibles en las máquinas, y que han impulsado nuestro desarrollo y algunos de nuestros grandes avances.
Vivir más allá de lo biológico, es decir, rebasar la mera supervivencia, permite al ser humano emprender búsquedas como la de la verdad, la del sentido y la de la trascendencia más allá de la muerte. La ternura, la compasión y la empatía son sentimientos humanos que posibilitan el conocimiento profundo del otro y que presuponen una capacidad de intimidad y de compartir emociones. A pesar de capas sociales, ideológicas, políticas y culturales que pueden separarnos, Fromm cree en una esencia común; en una humanidad compartida. “Conocer a las personas en el sentido de conocerlas compasiva y empáticamente requiere que nos libremos de los reducidos lazos de una sociedad, raza o cultura dada, y penetremos en lo profundo de esa realidad humana en la que no somos más que humanos”.
Además de sentimientos, Fromm en su propósito de responder a la pregunta sobre nuestra especie, identifica unas “experiencias humanas típicas”, a saber, La libertad -elegir ser sobre tener-, el interés -conocer el mundo-, la responsabilidad -ejercer la libertad y sus consecuencias-, la identidad -tener la conciencia de ser- y la integridad -no violar la propia identidad. Estas experiencias humanas, en compañía de los sentimientos arriba descritos, son las herramientas para humanizar la tecnología, es decir, para que le sirva a la humanidad y no al revés.
El reto con la tecnología dice Fromm, no es erradicarla ni prohibirla. Para evitar la subordinación del hombre a la máquina es necesario conocer y fortalecer todo lo que nos hace humanos. Solo un mayor conocimiento de sí y una más profunda conexión con sus semejantes, puede proteger al hombre de una tecnología que será más rápida, inteligente y productiva que él.
Los llamados a “desacelerar” el desarrollo de la IA por parte de personas cercanas al proceso hay que tomarlos en serio. Los eventos en los que la tecnología se ha descarriado y ha avanzado a pesar y en contra de las órdenes de sus creadores se han multiplicado en los últimos años. Se ha identificado que cuando ciertos sistemas de IA están siendo auditados funcionan distinto a si lo hacen sin vigilancia. En otros casos, los sistemas han mentido y manipulado para cumplir los objetivos que se les han encargado. Cada vez más los nuevos sistemas de IA son diseñados y probados por otras IA, sacando así a los humanos del proceso y aumentando la complejidad y la oscuridad de la tecnología. La situación es complicada.
Estamos en un punto de inflexión en el que todavía tenemos agencia, humana y colectiva, para definir el alcance y la razón de ser de esta poderosa tecnología que, sin duda alguna, tiene muchos usos positivos. Nuestro futuro como especie, sea que creemos leyes que controlen y limiten la IA o que instalemos auditorías externas para que intervengan los procesos de diseño y puesta en marcha de la tecnología dentro de las empresas, depende de reivindicar y fortalecer el encuentro, el dialogo, el debate, la discusión y la búsqueda de consensos entre diferentes. Ante la amenaza generalizada a nuestra especie, tenemos que volver a hablar.
A pesar de errores y mezquindades, cuando en el pasado los seres humanos hemos visto amenazada nuestra existencia hemos sido capaces de compasión, empatía, responsabilidad y colaboración. Este será otro caso de éxito.