Abogado. Socio y simpatizante de River. “Yo soy yo y mi circunstancia”. Ortega y Gasset. Meditaciones del Quijote. 1914

Nuñez, Buenos Aires, Argentina
Joined June 2011
En mayo de 2017 propuse que el Estadio #Monumental sea declarado patrimonio histórico de modo que fuera prioridad institucional la preservación, protección y tutela del Estadio Monumental.
Un sueño una proeza un símbolo un legado: El Estadio Monumental. Declaración de patrimonio histórico. #River @PoliticaEnRiver @pablocalvari
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River nos importa. Su presente y su futuro merecen una conversación abierta. En «El Ángel de River», por AM 530, conversé con Roberto Alonso, el “Tano” Pasman y Daniel Galasso sobre la actualidad de nuestro club. Les comparto la entrevista y los invito a escucharla y a dejar sus opiniones. El debate entre riverplatenses siempre es necesario.
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Diez días para sobrevivir. Por Daniel Kiper. Lo difícil no era llegar al veinte. Hasta el veinte uno iba haciendo malabarismos, corría una cuenta, estiraba el aceite, encontraba unas monedas en el bolsillo de una campera. Lo difícil empezaba después, porque el mes tenía esa costumbre de seguir cuando el dinero ya se había terminado. —Quedan fideos —dijo ella. Él abrió la alacena. Dos paquetes. Los miró como si atrás pudiera haber un tercero, oculto por algún error de perspectiva. Antes trabajaba en una fábrica. Diecisiete años entrando a las siete, saludando al de la garita, cambiándose los zapatos. Después la fábrica cerró y le dieron una liquidación. Una hoja muy prolija, con su nombre, su antigüedad y el dinero que debían pagarle. —Plata no hay. La hoja, en cambio, sí había. La guardó en una carpeta azul. A veces la sacaba y repasaba las cifras con el dedo, despacio, como quien comprueba una dirección antes de salir. Ella limpiaba tres casas. Fue perdiéndolas de a una. En la primera iban a arreglarse solos; en la segunda le redujeron los días hasta que no quedó ninguno. La última señora le tomó las manos. —No puedo seguir pagándote. Ella dijo que entendía. Lo dijo enseguida para que la otra no tuviera que seguir explicándole. Después volvió en colectivo, haciendo cuentas. Tenían unos ahorros. En realidad tenían un colchón nuevo, cuatro días en la costa y un poco de tranquilidad por si alguno se enfermaba. Todo eso estaba junto en un sobre, arriba del ropero. Lo fueron cambiando por leche, por alquiler, por pasajes para ir a preguntar si necesitaban gente. Cuando el sobre quedó vacío, ella volvió a guardarlo. Después vino la tarjeta. En la caja del supermercado les preguntaron si querían pagar en cuotas y dijeron que sí con un alivio que les dio vergüenza. Salieron con las bolsas. Esa noche comieron los cuatro y él contó que tal vez lo llamaran de un depósito. No lo llamaron. Llegó el resumen. Pagaron el mínimo. Al mes siguiente volvieron a pagarlo, pero la deuda había crecido. Él acercó los dos papeles, uno al lado del otro. —Debe ser por los intereses. Ella asintió. Saber de dónde venía la diferencia no ayudaba a pagarla. Entonces el teléfono ofreció un préstamo. Fue una cosa amable, casi una visita. Estaban en la cocina, mirando lo que vencía esa semana, y apareció el anuncio: dinero disponible, pocos pasos, sin complicaciones. Él completó los datos. Ella miraba por encima de su hombro. Cuando se acreditó, se quedaron un momento sin hablar. Pagaron la tarjeta, una parte del alquiler y compraron comida. Todavía se permitieron pensar que era cuestión de atravesar ese mes. Él estaba haciendo unas changas; a ella le habían prometido una limpieza los sábados. Pero llegó el vencimiento del préstamo y las changas habían alcanzado para otras cosas. La limpieza duró dos semanas. El teléfono empezó a sonar. Primero dejaron la carne. Después la fruta. El yogur de los chicos permaneció un tiempo en la lista, hasta que una tarde ella lo tachó y siguió con la birome apoyada en el papel. Sirvieron porciones más pequeñas. Cortaron el pan más fino. Él empezó a decir que había comido afuera. —¿Dónde? —Por ahí. Me convidaron. Ella también había comido, siempre un rato antes, siempre mientras hacía otra cosa. Los chicos aceptaron aquellas explicaciones hasta que la mayor empezó a mirar la olla después de que le sirvieran. Hubo semanas en que ellos comieron una sola vez cada dos días. Tomaban mate. Ella se levantaba de la silla y esperaba un momento antes de caminar. Él había aprendido a hacer lo mismo, pero ninguno comentaba esas pequeñas coincidencias. —¿Por qué no comemos todos juntos? —preguntó el menor. Él pasó el dedo por una miga, la recogió. —Tenemos distintos horarios. La madre se dio vuelta hacia la pileta. Dejaron de pagar internet, después la luz. Conservaron el teléfono porque todavía podía sonar por un trabajo. Cada vez que sonaba, él lo sacaba rápido del bolsillo. //continúa
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//continuación Casi siempre era para cobrar. La aplicación le hablaba por su nombre. Le recordaba que podía regularizar su situación, le advertía sobre las consecuencias. Él leía los mensajes hasta el final, incluso las letras más chicas. Una vez empezó a escribir una respuesta contando lo de la fábrica. La borró antes de terminar. El alquiler se atrasó un mes, después otro. El dueño llamó. Al principio conversaban bastante. Más adelante, apenas unos minutos. Ya se conocían las frases. Cuando tuvieron que irse, descubrieron cuánto ocupaba una casa adentro de unas bolsas. El colchón quedó. También la mesa. Los chicos eligieron algunas cosas y después hubo que elegir de nuevo. La carpeta azul entró en la mochila del padre, junto con las partidas de nacimiento y los certificados de la escuela. Un familiar les hizo lugar. Pusieron frazadas en el piso, acomodaron las bolsas contra una pared. A la noche hablaban bajito. A la mañana procuraban salir temprano. Hasta que una noche escucharon una discusión del otro lado de la puerta. No hablaban de ellos, exactamente. Hablaban del espacio, del gasto, de hasta cuándo. Se fueron unos días después. En la calle, el padre apoyó las bolsas junto a la pared y se quedó parado. La madre se sentó con el más chico. La mayor tenía puesta la mochila de la escuela. —¿Y mañana dónde nos lavamos? Él miró hacia la esquina. Había una estación de servicio. Dijo que ya iban a encontrar. Esa noche no durmió. Cuando alguno se movía, inclinaba la cabeza para comprobar que siguieran los cuatro. Una mujer les indicó un comedor. Había que ir temprano. Fueron, esperaron, los chicos comieron. Ella sostuvo el plato caliente con las dos manos antes de empezar. Después preguntó si podía llevarse un poco. La mujer que servía buscó un recipiente. Se lo llenó y le puso una tapa que no cerraba bien. —Tenelo derechito. Volvieron cuidando aquella comida. Otros días conseguían pan en una panadería. Lo mojaban cuando estaba demasiado duro. Él recorría los negocios al anochecer, calculaba a qué hora sacaban la basura. La primera vez siguió de largo porque había gente. Volvió una hora después. Con el tiempo aprendió dónde dejaban las verduras, dónde los envases rotos, cuáles bolsas convenía abrir. Una noche encontró un sándwich todavía envuelto. Le quitó con cuidado una parte que no le gustó y llevó el resto. Lo repartieron entre los chicos. —¿Ustedes? —Comimos antes. La mayor bajó la vista. Comió despacio. Fue al día siguiente, o al otro, cuando lo vieron en un televisor. Ellos pasaban frente a una vidriera y el hombre preguntaba cómo hacían para vivir diez días quienes se quedaban sin dinero el veinte. Él se detuvo. El hombre parecía esperar una respuesta imposible. Tenía ese aire divertido de quien ha hecho una pregunta muy fácil y sabe que los demás van a equivocarse. El padre sintió el peso de la bolsa en los dedos. Adentro había dos panes y unas mandarinas que había separado de las podridas. Habría podido levantarla. Mostrarle. Explicarle los horarios del comedor, el agua para ablandar el pan, la manera de acostarse juntos para pasar menos frío. Decirle que los chicos comían primero. Que sí, que se podía seguir vivo, pero había que ver cómo. El hombre continuaba hablando. Desde donde estaban, apenas se oía. —Vamos —dijo ella—. Después no queda. Él volvió a acomodarse la bolsa y la siguió. Era treinta. Lo supieron por un cartel pegado en la puerta de un banco. Los cuatro seguían vivos. En el televisor, el hombre tenía razón.
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Instrucciones para desalojar la plaza. Por Daniel Kiper. Parece sencillo conseguir que el estudiante abandone la plaza. Pero el estudiante tiene una pregunta, y las preguntas ocupan mucho lugar en la calle. Quiere saber cómo va a seguir estudiando si faltan recursos, si el profesor se va, si en su casa hacen cuentas y las cuentas terminan siempre antes de fin de mes. Se le explica que debe comprender la situación. El estudiante comprende. Precisamente por eso ha salido. En Francia, las protestas estudiantiles iniciadas en septiembre se encontraron en octubre con trabajadores, familias, sindicatos y movimientos sociales que reclamaban por el costo de vida y el deterioro de los servicios públicos. Cientos de miles de personas se movilizaron. Hubo marchas pacíficas y también enfrentamientos, saqueos e incendios. Distinguir unas conductas de otras debería ser una obligación elemental.Desde ciertos despachos, sin embargo, basta girar el caleidoscopio para que un estudiante, un trabajador y un hombre que incendia un comercio compongan una sola figura: el enemigo. En Buenos Aires, el 15 de octubre, otra multitud marchó en defensa de las universidades públicas. La jornada terminó entre gases, carros hidrantes y enfrentamientos frente al Congreso. Una vez más, la discusión sobre la educación quedó envuelta en una nube que hacía llorar incluso a quienes todavía conservaban la esperanza. Entre París y Buenos Aires hay un océano. Las fachadas, a veces, permiten olvidarlo. En las imágenes de estas jornadas, el parecido resulta menos amable: una avenida, los escudos, alguien que corre tapándose la cara. Para saber de qué lado del Atlántico estamos hay que esperar a que alguien hable. Entonces se menciona Mayo del 68 y ya estamos otra vez en el Barrio Latino, entre adoquines, fábricas ocupadas y muchachos que discuten hasta el amanecer. La memoria tiene esas facilidades: abre una puerta y nos deja en otra época, sin advertirnos que el regreso corre por nuestra cuenta. Conviene entrar, pero mirar dónde se pisa. En aquel mayo, la rebelión estudiantil confluyó con una huelga de millones de trabajadores. Confluyó quiere decir que se encontraron; no que quisieran lo mismo.Había desacuerdos, desconfianzas, distintas maneras de entender lo que estaba ocurriendo. La historia posterior ordenó bastante las fotografías. Quienes estaban dentro de ellas tuvieron que arreglarse con una realidad mucho menos prolija. El parecido empieza ahí: alguien sale por su problema y descubre que al lado camina otro con un problema distinto, pero extrañamente familiar. El estudiante habla de las aulas. El docente, del salario. La madre, del alquiler. Escuchándose, advierten que llevan un buen rato hablando de la misma vida. La diferencia también importa. Muchos jóvenes del 68 querían transformar la vida que les ofrecían. Muchos jóvenes de hoy están tratando de construir la suya. Estudiar. Trabajar. Tener una llave propia. Invitar a alguien a cenar sin hacer antes una operación de aritmética defensiva. Nada que hubiera parecido desmesurado en la conversación de nuestros padres. Ahora esas cosas se postergan. El muchacho sigue en la habitación de siempre, entre un escritorio demasiado chico y las cajas que nadie sabe dónde guardar. Se recibe, manda currículums, calcula cuánto necesitaría para mudarse. Afuera le dicen que es libre. Adentro vuelve a hacer la cuenta. Por eso una marcha por la educación puede reunir a tanta gente. Cada familia reconoce algo suyo en esa universidad que reclama presupuesto. La hija que pudo entrar. El hijo que prepara el ingreso. La profesora que alentó a uno cuando en casa empezaban a sugerirle que dejara. También marcha quien nunca pisó un aula universitaria y quiere que sus hijos puedan hacerlo. Hay una promesa concreta en todo eso: que las condiciones en que nacimos no determinen hasta dónde podemos llegar. Después llegan los incidentes y la cámara gira. Podría ocurrir en cualquiera de las dos ciudades. //continúa
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//continuación Hace un instante una docente explicaba por qué marchaba. Ahora hay una vidriera rota. La vidriera se ve mejor, desde luego. Tiene bordes, tiene ruido, puede repetirse veinte veces sin perder eficacia. La explicación de la docente requería escucharla hasta el final. Un estudiante intenta contar lo que pasa en su facultad, pero detrás de él alguien arroja una piedra. La cámara lo abandona. En la pantalla, la piedra sigue viajando durante toda la noche. Al día siguiente quizá sepamos cuántos contenedores ardieron y sigamos sin saber qué necesitaba aquella mujer para continuar dando clases. Los saqueos y los incendios deben condenarse. Hay comerciantes, trabajadores y vecinos que sufren sus consecuencias. Identificar a los responsables exige distinguirlos de quienes se manifestaron pacíficamente. Acusar a todos puede ser cómodo para un discurso; para una investigación sirve bastante menos. También hay que mirar qué ocurre del otro lado del escudo. El uniforme no vuelve inocente cualquier golpe. Una orden no justifica por sí sola el gas que alcanza a una familia. El Estado tiene la obligación de proteger a quienes marchan, a quienes trabajan, a quienes pasan. La fuerza que se descarga sin distinguir incumple esa obligación. Podemos imaginar al estudiante del comienzo. Ya está en su casa. Se lavó la cara varias veces; todavía le arden los ojos. Sobre la mesa hay un cuaderno abierto donde había dejado una frase a medias. Mañana tiene que levantarse temprano. Desde el punto de vista del operativo, todo ha concluido. Desde el suyo, sigue faltando la respuesta. Tampoco conviene que quienes marchan se engañen. Después de las huelgas y las barricadas de Mayo del 68 llegaron concesiones laborales y una amplia victoria electoral del gaullismo en junio. La calle puede llenarse de protesta y las urnas de miedo. Para transformar el descontento hace falta algo más que reunirlo: hay que ofrecer un camino que otros quieran recorrer. Francia no está obligada a repetir su pasado. La Argentina tiene bastante con el suyo. El espejo permite reconocer una semejanza; no anuncia lo que viene. Por ahora, de ambos lados del océano, hay jóvenes que reclaman las condiciones necesarias para estudiar y gobiernos que deben responderles. Mientras esperan, la vida sigue: el examen, el alquiler, el trabajo que no aparece, la decisión de abandonar una carrera. Las instrucciones para desalojar la plaza terminan cuando la calle queda vacía. En el parte se anotan la hora, los efectivos, los detenidos. Hay un casillero para cada cosa. En la casa del estudiante, alguien deja una taza al lado del cuaderno. —¿Y qué les dijeron? Él se queda mirando la página. Después acerca la taza, para que no se enfríe.
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¡Felicitaciones, Valentina San Martín, Morela Silva, Morena Zima y Agostina Giampieri! Nuestras patinadoras alcanzaron el octavo puesto en Cuarteto Senior en los World Skate Games de Asunción 2026, en una competencia que reunió también a equipos de España, Portugal, Brasil y Colombia. Con una coreografía que combinó fuerza interpretativa y un juego de simetrías en la pista, llevaron los colores de River al máximo nivel internacional. Una experiencia valiosa para las cuatro y un hito para el patín de nuestra institución. Detrás de cada presentación hay esfuerzo, disciplina y sueños compartidos. Acompañar ese camino también es construir la grandeza de River. Gracias por representarnos. ¡Que este Mundial sea el impulso para nuevos desafíos!
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TODOS LOS DÍAS TENEMOS MOTIVOS PARA CELEBRAR A LAS MADRES. Hoy, en su día, les agradecemos el amor, el esfuerzo y tantas formas de cuidar y acompañar. Que reciban cada día el cariño y el reconocimiento que merecen. ¡FELIZ DÍA DE LA MADRE!
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¡Feliz Día de la Madre! A todas las madres de River, que comparten su amor y transmiten la pasión por nuestros colores de generación en generación. Que hoy y cada día reciban el cariño y el reconocimiento que merecen. Un abrazo de corazón riverplatense. Daniel Kiper
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Las tres banderas Por Daniel Kiper 17 de octubre de 2026 La mujer pasó un dedo por la tela de la bandera. En los pliegues habían quedado prendidas unas palabras que su padre repetía: justicia social, independencia económica, soberanía política De chica le parecían demasiado grandes. Después había aprendido a reconocerlas en cosas más pequeñas La justicia social estaba en el recibo de sueldo que su padre dejaba sobre la mesa y en las vacaciones durante las cuales podían irse juntos. Estaba en el médico que atendía a su madre, en la escuela donde ella había aprendido a escribir su nombre, en la jubilación con la que los viejos podían pagar sus gastos sin pedirles dinero a los hijos Su padre guardaba sus primeros recibos en una caja de zapatos. También conservaba una fotografía de la fábrica. A veces señalaba las máquinas del fondo y explicaba qué hacían, quién las había construido, cuánto costaba aprender a manejarlas. Decía que un país tenía que poder producir lo que necesitaba, dar trabajo a su gente y decidir qué hacer con su riqueza Cuando ella le preguntaba por la soberanía, él acercaba una silla a la mesa. —Sentate. Vos también tenés que opinar. Esta casa es nuestra y las decisiones las tomamos acá. Era la bandera que su padre había llevado a la plaza en 1945. Ahora la sostenía con su nieto, que la ayudaba a desplegarla. Fue entonces cuando descubrieron que tenía tres tajos. Nacían en el mismo borde y avanzaban hacia el centro. Si tiraban un poco, terminarían de separarla. —Hay que coserla —dijo el chico. Recorrió con la mano una de las roturas. —¿Quién la rompió? —No sé si la rompió uno solo. Ella recordó las veces en que había visto levantar aquella bandera para anunciar decisiones que su padre no habría comprendido. Trabajadores despedidos en nombre del porvenir. Jubilados obligados a esperar. Escuelas donde faltaba lo necesario mientras sobraban discursos sobre la educación. Recordó también su propia paciencia, las explicaciones que había aceptado, las preguntas que había dejado para después porque se acercaban las elecciones. Había aprendido a reconocer una derrota. Le había costado más reconocer una decepción. —Vamos al acto, abuela. —¿A cuál? —preguntó la mujer. Un compañero se acercó a explicar las diferencias. Habló de proscripciones, de conducciones, de lugares que correspondían, de agravios que venían de antes. Cada dirección tenía sus razones y sus heridas. Mientras hablaba, el chico seguía intentando juntar los bordes de la tela. La mujer pensó en su hija, que trabajaba todo el día y seguía sin poder alquilar una casa. En una vecina que elegía qué remedio comprar. En los muchachos del barrio que conocían todas las aplicaciones para conseguir una changa y ningún lugar donde les ofrecieran un empleo estable. Quiso preguntar en cuál de los actos se hablaría de ellos. Pero el compañero estaba explicando quién había invitado a quién. Miró la plaza en toda su extensión. Su padre había llegado hasta allí en 1945. Durante años contó el viaje con pocos detalles: el calor, la caminata, los compañeros que se iban sumando. Recordaba sobre todo el momento de quitarse los zapatos. Tenía ampollas y temió no poder volver a calzárselos. —¿Y por qué vino? —preguntó el nieto. —Porque se habían llevado al hombre que los había escuchado. Al que les había reconocido derechos. Tu bisabuelo decía que, por primera vez, alguien los trataba como personas que tenían algo que decir sobre su propio país. El chico se acercó a una fuente. —¿Fue acá? —En esta plaza. La fuente era otra. —¿Y por qué la sacaron? —A veces llaman progreso a llevarse las cosas. Después nos toca cuidar que no se lleven también lo que significaban. La mujer se agachó junto a él. El agua estaba tan limpia que se distinguían unas monedas en el fondo. Su padre nunca le había hablado de monedas. Le había hablado de los pies hinchados, de un compañero que lo ayudó a incorporarse, de una desconocida que compartió el pan que llevaba //continúa
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//continuación Aquella mañana no había un acto que los reuniera a todos. Hasta para recordar aquella plaza habían elegido distintos destinos. El compañero miró la hora. —Tenemos que juntarnos para ganar —dijo. La mujer levantó la bandera. Al sostenerla de las puntas, uno de los tajos avanzó un poco más. Él se apresuró a sujetar la tela por el centro. —Así se termina de romper. Ella aflojó las manos. Durante un momento se quedaron los tres sosteniendo lo que quedaba unido. —¿Tenés hilo, abuela? Buscó en la bolsa. Llevaba un pequeño costurero, de esos que había aprendido a guardar porque siempre había un botón a punto de caerse. Se sentaron en un banco. El compañero sostuvo la bandera sobre las rodillas y el chico acercó los bordes. Ella enhebró la aguja. La primera puntada juntó dos partes, pero dejó escondida la palabra justicia. La mujer la deshizo. Volvió a acomodar la tela. Esta vez quedó tapada la palabra soberanía. También deshizo esa puntada. —Así no terminamos más —dijo el compañero. Ella alisó la bandera con la palma de la mano. —Quiero poder leer lo que dice cuando terminemos. El hombre bajó la vista. Después movió un poco las rodillas para sostenerla mejor. Cosieron despacio. Hablaron de la hija, de la vecina, de los muchachos que buscaban trabajo. El compañero contó que su hijo también quería irse del país. Ya había averiguado cuánto costaba el pasaje. Cuando terminaron, las costuras quedaron a la vista. La mujer tiró suavemente de la tela. Resistía. El chico leyó las tres inscripciones, una por una. A lo lejos se escuchó un bombo. —¿Ahora vamos? —preguntó. La mujer guardó la aguja. El compañero recogió la bolsa y entre los tres levantaron la bandera. Antes de ponerse en marcha, ella volvió a mirar las palabras. Tendrían que seguir leyéndose cuando llegaran al gobierno.
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Comparto entrevista sobre actualidad de River en Cancha embarrada, con la conducción de Franco Formoso.
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La represión Por Daniel Kiper Ficción alegórica. El padre terminó de atarle los cordones a su hija. Para el camino a la marcha había preparado una explicación sobre las universidades, los salarios de los profesores y los descubrimientos que todavía no tenían nombre. Pero ella lo miró con esa atención de los chicos que obliga a los adultos a revisar lo que están por decir. —¿Por qué dicen que vamos en defensa de mi futuro? —Para que puedas estudiar lo que quieras cuando seas grande. —¿Y quién quiere que no pueda? El padre no supo qué responder. En la plaza había guardapolvos, banderas y unos profesores que parecían haber salido de sus aulas sin interrumpir la clase. Una mujer llevaba escrito sobre un cartón que enseñar también era luchar. La niña preguntó si aquella señora era maestra y la mujer le contestó que desde hacía treinta años, aunque últimamente cobraba como si acabara de empezar. Caminaron entre estudiantes que cantaban. Algunos llevaban libros. Otros, fotografías de edificios donde se investigaban enfermedades, semillas y estrellas. El padre le explicó que en esos lugares trabajaba gente que buscaba respuestas para que todos pudieran vivir mejor. Sobre sus cabezas, algunas palabras comenzaban a desprenderse de los carteles. Ciencia flotaba apenas por encima de los guardapolvos. Universidad avanzaba lentamente, sostenida por el aire de las canciones. La niña estiró una mano, pero todavía no alcanzaba. El padre había estudiado en una universidad pública. Su madre limpiaba casas y su padre volvía del taller con una grasa oscura que el jabón nunca terminaba de quitarle de las uñas. El día en que recibió el diploma, los dos se vistieron como para un casamiento. Recordaba que su madre había pasado el dedo por las letras de su nombre, comprobando que no se borraran. Estaba por contarle eso a su hija cuando escucharon el primer estruendo. A lo lejos, unos encapuchados arrojaban piedras. Eran pocos. El padre tomó a la niña de la mano y empezó a alejarse. Le pareció que bastaría con cambiar de calle. No sabía quiénes eran aquellos hombres ni de dónde habían salido. Desde donde estaba, no veía que los detuvieran. Veía, en cambio, que los uniformados empezaban a lanzar gases contra todos. Entonces llegó la nube. Avanzaba a la altura de las caras y se metía entre las columnas de gente con una facilidad que no tenían las ambulancias. Atravesó una bandera, envolvió el carrito de un vendedor y alcanzó a un anciano que caminaba apoyado en su bastón. No se detenía a averiguar quién había arrojado una piedra. La niña tosió. —Me pican los ojos. El padre la levantó. Hasta ese momento había creído que podría explicarle cualquier cosa si encontraba las palabras adecuadas. Ahora solamente buscaba una bocanada de aire que no le hiciera daño. Alrededor corrían personas que un instante antes cantaban. Una profesora había perdido un zapato. Un muchacho levantaba las manos vacías. Los libros empezaron a cerrarse solos, de golpe, como pájaros heridos. —No veo, papá. Él le sostuvo la cabeza contra su hombro y siguió caminando a tientas. La botella de agua golpeaba dentro de la mochila. La había llevado porque los chicos tienen sed cuando caminan mucho. Todo lo que había preparado para aquella tarde pertenecía ya a un mundo anterior. Desde un parlante se ordenaba circular. El hombre trató de obedecer, pero en una dirección había escudos y en la otra una multitud que retrocedía. La orden se repetía con una claridad que contrastaba con la imposibilidad de cumplirla. En algún despacho comenzarían a redactar la explicación. Habría incidentes, efectivos heridos, detenidos y un orden que debía restablecerse. Las piedras tendrían su lugar en el relato. La tos de la niña difícilmente encontraría un renglón. //continúa
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//continuación Porque las piedras habían existido. También quienes las arrojaron. Había que detener a sus responsables. Pero entre una mano que lanza un proyectil y una multitud que reclama hay una diferencia que un gobierno tiene la obligación de reconocer. Cuando esa diferencia desaparece del operativo, la violencia de unos pocos se convierte en permiso para castigar a todos. La nube siguió avanzando. En aquel país, las autoridades habían encontrado la manera de hacer llorar a una multitud sin escuchar sus razones. Después podían mostrar las lágrimas como una consecuencia inevitable del restablecimiento del orden. El padre consiguió refugiarse con su hija en un comercio. La dueña bajó la persiana hasta la mitad y acercó una silla. Nadie preguntó de qué partido eran. Una mujer le habló despacio a la niña mientras el hombre intentaba dejar de temblar. Desde la televisión del local llegaban imágenes de la plaza. Se veía una piedra, después otra, después un camión hidrante. El padre buscó entre las figuras que corrían el lugar donde habían estado. Le resultó extraño que una pantalla pudiera mostrar tantos detalles y dejar afuera lo que acababa de ocurrirles. Permanecieron un rato sin hablar. En la calle, las palabras desprendidas de los carteles habían empezado a caer. Ciencia quedó sobre un charco. Becas se enredó en la rueda de una bicicleta. Un barrendero encontró universidad junto al cordón y, sin saber muy bien por qué, la dejó a salvo sobre un banco. La niña seguía aferrada a la camisa de su padre. El hombre pensó en su madre tocando las letras del diploma. Pensó en los profesores que lo habían esperado después de clase, en los libros prestados, en todas las personas que habían trabajado para que él pudiera entrar en un aula. Había llevado a su hija para mostrarle algo de aquello. Le había mostrado una persiana cerrada. Cuando pudieron salir, la plaza estaba llena de restos. Caminaron hasta la estación por calles donde todavía ardían los ojos. La niña se quedó dormida en el tren, vencida por una tarde que no alcanzaba a comprender. Al llegar a casa, el padre vació la mochila. Sacó la botella, un paquete de galletitas y el pequeño cartel que ella había llevado doblado para que no se estropeara. Lo abrió sobre la mesa. Las letras estaban corridas. Donde decía «mi futuro» quedaba una mancha húmeda. Lo dejó extendido para que se secara. La niña se había despertado y lo observaba desde la puerta. —Papá, ya sé quiénes no quieren que podamos estudiar.
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La libertad también está amenazada cuando quien gobierna se atribuye poderes que la Constitución no le concede. En mi nuevo artículo, «La libertad amenazada», explico por qué el Congreso debe rechazar el DNU 70/2023 y por qué la demora de la Corte no puede convertirse en permiso para gobernar al margen de la Constitución. Ningún presidente está por encima de sus límites. Exigir que los respete es defender la libertad de todos. Leé la nota en El Teclado y compartila: elteclado.com.ar/nota/32170/…
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River necesita dirigentes, no mercaderes. La diferencia es clara. Los dirigentes sueñan, proyectan, luchan. No se resignan ni claudican. Conducen, asumen responsabilidades y forjan el porvenir. Los mercaderes venden, compran y pactan. Venden nuestras esperanzas, nuestras ilusiones y nuestros derechos. Compran palabras, silencios y voluntades. Pactan espacios de poder para conservar sus privilegios y asegurar que nada cambie. En la rica historia de River hubo grandes dirigentes: Leopoldo Bard, Antonio Liberti, Julio Degrossi, Roberto Pardo, Rafael Aragón, mi padre y tantos otros. Nos legaron un club porque tuvieron un proyecto y la voluntad de realizarlo. Hoy se gastan millones sin construir un equipo. Los socios, verdadero sostén económico y afectivo de River, exigimos explicaciones, acceso a la documentación y rendición de cuentas. Cada peso pertenece al club. Quienes lo administran deben responder por su destino. Advertí las consecuencias de esta política: vender prematuramente a nuestros mejores juveniles y comprar, por «consejo» de los intermediarios, lo que ofrece el mercado. Nos hicieron perder fútbol e identidad. Ni Brito ni Di Carlo lograron convertir el dinero gastado en un equipo a la altura de River. Ante cada fracaso anunciado, la culpa siempre encuentra otro destinatario: los jugadores, el técnico, los árbitros, el periodismo, la AFA o los propios hinchas. Los responsables de conducir parecen quedar siempre a salvo. No exculpo a nadie. Pero la responsabilidad empieza por quienes toman las decisiones. Una gestión comienza a corregirse cuando sus dirigentes reconocen sus errores y cambian la política que los provoca. Lo de ayer ante Sarmiento vuelve a mostrar el deterioro que venimos señalando. Montiel se destacó, insistió y consiguió el empate. Su actuación merece reconocimiento. También nos recuerda cuánto necesitamos recuperar un equipo con juego, carácter e identidad. River debe volver a formar y conservar a sus mejores jugadores, incorporar jerarquía con criterio propio y poner su política futbolística al servicio de la gloria deportiva, no de los negocios. Basta de excusas. Basta de fusibles. Basta de que nadie se haga cargo. Vos también sos dueño de River. Tu voz cuenta. Decí basta.
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Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. River fue campeón del mundo cuando los socios podían entrar a las tribunas San Martín y Belgrano altas con su cuota social, sin pagar un abono adicional. A aquellos dirigentes nadie les había explicado que, para tener un equipo en serio, primero había que cobrarles otra vez. Los de entonces formaban grandes jugadores en casa. Y salían al mercado a buscar talento excepcional, joven y con futuro. Sabían de fútbol. Tenían criterio propio. River aportaba jugadores a la Selección. Ahora se invoca el paso por la Selección para justificar lo que se paga por un jugador. Parece lo mismo. No lo es. Para los dirigentes de entonces, el socio era parte del club. Para los de ahora, parece ser parte de la facturación. Vaya modernización. Aquellos dirigentes sostenían el fútbol, los demás deportes y la vida social y cultural. Nos legaron el Monumental. Una cancha y un club donde practicar deportes, aprender, encontrarse y crecer. La grandeza también se medía en la sonrisa de un chico. Los de entonces hacían lugar para el deporte y la vida social. Los de ahora hacen lugar para estacionamientos y restaurantes a costa de esos espacios. Cada dirigencia tiene sus prioridades. Y cada prioridad dice qué club se quiere. La gestión profesional no empezó hoy. Juan Bautista Robles, Onofre Andújar, Ángel Di Vietro, el contador Vicente Locasso y el doctor Eduardo Galeano en el área jurídica, entre tantos otros, aportaban conocimientos técnicos y experiencia. Había profesionales. Faltaban las siglas en inglés. Por suerte, eso no impidió que River tuviera estadio, gimnasios y escuela. Los dirigentes de entonces sabían que administrar bien exigía capacidad y una idea de club. Los de ahora hablan de excelencia porque nueva tarifa nos llega puntual. Nosotros, los socios, seguimos poniendo el esfuerzo y el corazón. Seguimos soñando con un River campeón, deportivo y social.
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En mi nuevo artículo, «El oro y la timba», cuestiono cómo el Banco Central utiliza la valorización del oro para justificar pérdidas millonarias en operaciones especulativas. ¿Quién decidió apostar con las reservas? ¿Qué riesgos asumió? ¿Quién responde por el resultado? Las reservas son de todos los argentinos. Tenemos derecho a exigir explicaciones. Leé la nota en El Teclado y compartila: elteclado.com.ar/nota/32145/…
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El oro y la timba. Por Daniel Kiper. Primero hay que perder los dólares. Sin la pérdida no hay nada que explicar y los funcionarios podrían verse obligados a ocuparse de otras cosas. Después se espera a que suba el oro. Se anota el nuevo valor y se anuncia un resultado positivo. Los dólares perdidos no regresan, pero ahora tienen que discutir con una cifra más grande. Así, la pérdida de aproximadamente 1.023 millones de dólares en derivados y primas queda sepultada bajo una revalorización no realizada. Al sumarla y restar las pérdidas liquidadas, el Banco Central anuncia un resultado neto positivo de 2.505 millones de dólares y lo invoca en su defensa. El que pregunta por los contratos recibe una respuesta sobre la cotización. Vuelve a preguntar por los dólares y le muestran el balance. A la tercera pregunta ya parece un hombre empeñado en arruinar una buena noticia. Pero los dólares salieron. Conviene quedarse ahí antes de que alguien dé vuelta la página. Según lo informado por el presidente de la Auditoría General de la Nación, Juan Manuel Olmos, las pérdidas se afrontaron con divisas. El balance registra igual cantidad de onzas al cierre de 2024 y de 2025, valuadas a un precio mayor. No aparecieron lingotes pequeños junto a los grandes. Tampoco se vendió el metal para realizar aquella apreciación. Subió la cotización y cambió el valor escrito en los libros. Tengo una casa que fue de mis abuelos, después de mis padres y ahora me pertenece. Supongamos que un tasador anuncia que vale más. Le agradezco. La casa conserva las mismas habitaciones, el mismo patio y aquella humedad que cada invierno se parece un poco más a un continente. Ahora supongamos que pierdo mis ahorros en el casino. El crupier me dice: —Pero su casa aumentó de valor. Le explico que estoy hablando de mis ahorros. —Precisamente —contesta, y vuelve a invitarme a apostar. Hay conversaciones de las que uno sale con menos dinero y con la sensación de haber preguntado mal. El Banco Central propone una conversación semejante. Reúne una revalorización no realizada y una pérdida liquidada bajo un saldo favorable. La cuenta puede figurar en el balance. No devuelve los dólares ni justifica los contratos. La cotización puede bajar. Los pagos ya se efectuaron. El precio internacional del metal no lo decidió el Directorio del BCRA. Los contratos sí. Ahí deberían empezar sus explicaciones. Olmos describió la operatoria como especulativa. El Banco la llama cobertura. Entre ambas palabras hay documentos que necesitamos conocer. Cobertura. Uno piensa en un techo, una manta, un paraguas abierto antes de salir. Después llega la cuenta: 1.023 millones de dólares perdidos. Entonces pregunta cuánto costaba el paraguas, qué protegía, quién lo eligió y si para sostenerlo hubo que entregar las llaves de la casa. Repetir que era un paraguas resulta insuficiente. El oro cumple una función estructural de respaldo y diversificación. Administrarlo exige evaluar riesgos y costos. Una cobertura puede ser prudente o demasiado cara. También puede invocarse para encubrir una defraudación. Determinar qué ocurrió exige examinar los contratos. ¿Qué instrumentos se firmaron? ¿Con quiénes? ¿A qué precios y vencimientos? ¿Qué garantías se comprometieron? ¿Quién autorizó las operaciones? ¿Qué alternativas se descartaron? Mientras tanto, la motosierra trabaja. Se la oye cuando una universidad reclama recursos, una obra pública espera continuidad o una familia cuyo hijo tiene una discapacidad necesita asistencia. Cada necesidad debe explicar por qué no puede esperar. Cada partida debe mostrar sus papeles. Frente a las operaciones financieras cuestionadas, la motosierra se apaga. //continúa
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//continuación Al tipo de cambio utilizado por el BCRA al cierre de 2025, los 1.023 millones de dólares representan aproximadamente 1,49 billones de pesos: alrededor de un tercio de las transferencias anuales a universidades nacionales, casi dos tercios del gasto en políticas alimentarias y el sesenta por ciento de los gastos de capital de la Administración Nacional de aquel año. La Oficina de Presupuesto del Congreso registró caídas reales en esos rubros. Son comparaciones de magnitud contra gastos ejecutados; las reservas y las partidas presupuestarias no son automáticamente intercambiables. ¿Cómo se exige una justificación minuciosa a quienes les recortan recursos y se acepta una explicación difusa de quienes administran las reservas? En una obra suspendida, el tiempo se vuelve barro. En una universidad, el ajuste golpea la cultura y posterga el futuro de una generación. Los contratos financieros también deben tener responsables concretos. Todavía falta el oro. Su ubicación, quiero decir. En el balance está perfectamente localizado: una línea, una cantidad, un valor. La dificultad empieza cuando se pregunta por la bóveda. ¿Basilea o Londres? La sede del Banco de Pagos Internacionales, la cuenta vinculada al activo y su custodia física pueden encontrarse en ciudades diferentes. Deben distinguirse con documentación. —¿Dónde está? La pregunta queda entre versiones que no despejan la incertidumbre. Deben conocerse la ubicación, la titularidad, la disponibilidad, las garantías y el régimen jurídico del metal. De esas condiciones depende la evaluación de riesgos contractuales y de eventuales medidas judiciales. El BCRA invoca confidencialidad y afirma que los organismos de control acceden a la información. Lo que no puede examinarse públicamente debe poder verificarse institucionalmente. La confidencialidad no dispensa de rendir cuentas. El balance informa que al cierre de 2025 no quedaban derivados abiertos sobre oro por ese concepto. No revela las condiciones de los contratos liquidados ni establece qué ocurre hoy. Cerrar el ejercicio no cierra las preguntas. Corresponde promover una investigación penal que preserve los contratos, las liquidaciones, las autorizaciones, los dictámenes y las constancias de custodia. Debe reconstruir quién decidió y determinar si existieron conductas penalmente relevantes o beneficios indebidos para terceros. También debe seguir el recorrido de los dólares: quién los recibió, por qué concepto y bajo qué condiciones. Vuelvo a mi casa. La tasación está sobre la mesa, junto a los comprobantes del dinero perdido. Los papeles pueden tocarse. Nada de eso modifica lo que dicen. La casa vale más. Los ahorros faltan. En el Banco Central, el oro aumentó de cotización y los dólares salieron. Quienes firmaron los contratos deben explicarlos. La motosierra espera en la puerta. ¿Entrará al Banco Central?
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El homenaje a Messi falló. Culpar a River no alcanza. Mis diferencias con la conducción de River son públicas, al igual que mi compromiso con el Club. Marketing Sports intenta responsabilizar a River por las fallas en el homenaje a Messi, pero su comunicado no aporta documentación que permita establecer qué se acordó, qué se autorizó y qué ocurrió. La cronología exige una explicación: la pantalla del Monumental fue retirada el 8 de julio de 2026 por las obras de remodelación, y Messi hizo pública su decisión el 31 de agosto. La ausencia de la pantalla era, por lo tanto, anterior a ese anuncio y una circunstancia pública que la productora debía conocer al planificar el evento. ¿A qué anuncio de la AFA se refiere Marketing Sports cuando afirma que la pantalla fue retirada tres días después? Antes de atribuir las fallas al Club, la empresa debe responder con documentación: • ¿Cómo se coordinó el homenaje y qué alternativas se previeron ante la falta de pantalla? • ¿Qué condiciones se acordaron y qué prestaciones debía cumplir? • ¿Cuánto cobró por sus servicios? Si River cometió errores, la dirigencia debe reconocerlos, explicarlos y asumir las responsabilidades que correspondan. Pero el descargo unilateral de la productora no basta para eximirla de las responsabilidades que le correspondían en la organización del espectáculo. Messi y el público merecían un homenaje a la altura de su grandeza. Los socios de River merecemos la verdad.
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