Ah, el hijo del emperador. Los pasos de Anastasia se detienen con lentitud, su abrigo grueso de pelo negro cubriéndole los hombros.
—Príncipe Oleander —dice ella, en un tono carente de inflexión. Un saludo. O una nota mental.
Cualquier cosa funciona con ella.
El jardín lleno de flores es agradable. Si ve al príncipe de porcelana por ahí, al menos dedicará un cabeceo.
—Condesa Ironmight —le devuelve la misma moneda, sin siquiera inmutarse por la corrección. Ambas manos van a los bolsillos de su abrigo, en lo que da un par de pasos hacia el frente para contemplar el paisaje.
—El frío ha empezado antes de lo que me gustaría admitir, Majestad.
—Aurore —saluda Anastasia, si se puede considerar saludo a una anotación de lista mental. Lleva un abrigo de terciopelo negro, con el interior dorado—, buenos días.
Ha vuelto a salir de su habitación tras las dos semanas en la que no ha salido. Lleva un pañuelo negro con las iniciales A.I bordadas con hilo dorado en la mano, y parece haber usado más polvos de maquillaje hoy que otros días.
A no ser que quiera acompañarla en el baño, no ve motivo de hacerle llamar. Le ha dejado el cuaderno en la habitación; lo pasó bajo la puerta.
Oh. ¿Eisenhart se va a besar con Rosenrod? Al final ha ganado por encima de lo que creía. Un paso más cerca de tenerla de hija.
Sus ojos se fijan en el puente de la nariz de Zephyr, en el color de sus ojos y de su pelo. En unas características que hacen de su rostro algo tan concreto que el sabor a metal se aloja en su boca antes de tragarlo.
—Estoy concentrada —responde, bajando la mirada hacia el
cuaderno que Zephyr ofrece—, ¿planos? ¿Es arquitecto? Yo no entiendo mucho de arquitectura, pero explíqueme. Tengo asientos libres. Ignore al guardia. Está de adorno.
Pobre Dierrik.
—Anastasia Ironmight. Condesa Ironmight es suficiente —y le hace un gesto para ofrecerle el

