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Adopta el ritmo de la naturaleza; su gran secreto es la paciencia.
~ Ralph Waldo Emerson
✏️Sam
Y aquí niños podéis ver a un valiente que sabe que pueden quemarle su coche y su casa en Hollywood y a pesar de todo les anima a hacerlo 💪
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A horrific Russian strike in the Kharkiv region. A “shahed” struck people directly – in a park near an ordinary café. Pure atrocity. Six people were killed, including children. A little girl was killed in a stroller – her name was Angelina, she was just over a year old, born in August 2025… Her mother’s name was Inna. She died in the hospital… Another girl who was killed was 11 years old. My condolences to their families and loved ones. Another 14 people were injured, including six more children.
I am grateful to everyone who supports Ukraine under these circumstances and helps us shoot down “shaheds,” shoot down missiles, and stop Russian assaults. These are horrific photos, but behind them are shattered lives and the truth about this war. Lives must be protected. Ukraine needs air defense. You can't think about making money with Russia as long as it continues its asinine war. We ask that sanctions on Russia stay in place as long as the killings continue. We ask America to be strong, and we ask it to apply the Lindsey Graham law. We ask Europe to continue its support. We ask that everything possible be done to bring peace and guarantee security. Ukraine wants peace. It is Russia that has insisted on continuing the killing all this time. The world has enough strength to stop the war. That strength must finally be used – against the murderers.
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NUEVO LIBRO.
SIN RESPETO. UNA CRISIS SOCIAL, de Byung-Chul Han.
Un ensayo sobre el deterioro de la convivencia, la búsqueda de atención y la fragilidad de los vínculos.
¿Qué ocurre cuando ser visto importa más que escuchar? ¿Cuando una discrepancia se convierte en una humillación pública o una relación termina sin una respuesta? Esas situaciones cotidianas atraviesan las preguntas que plantea Byung-Chul Han en su nuevo ensayo. El respeto se convierte en el punto de partida para examinar cómo tratamos a los demás y qué clase de vida compartida estamos construyendo.
El respeto como fundamento de la convivencia.
Según la presentación editorial, Han examina el debilitamiento de una virtud que permite reconocer al otro y sostener la vida compartida. Su diagnóstico conecta esa pérdida con la competencia social, el narcisismo y unas formas de comunicación digital que premian la exposición constante.
En ese escenario, la búsqueda de reconocimiento puede transformarse en una disputa por el estatus. El ensayo plantea que la presión por triunfar también genera vergüenza, resentimiento y desprecio, tanto hacia uno mismo como hacia los demás. La cuestión del respeto alcanza así la autoestima y nuestra manera de relacionarnos.
La atención que le debemos al otro
Uno de los fragmentos adelantados por Paidós se detiene en el ghosting: desaparecer de una relación sin responder ni ofrecer una explicación. Han lo interpreta como un síntoma de una cultura que trata a las personas como objetos reemplazables.
«La responsabilidad, el respeto y la atención se condicionan mutuamente», escribe en el pasaje correspondiente a la página 28. La frase sitúa el debate en un terreno cercano: cómo respondemos, cuánto escuchamos y qué consideración concedemos a quienes entran en nuestra vida.
Redes sociales y vida pública
Otro de los ejes del libro es la polarización digital. En el fragmento dedicado a identidad y alteridad, el filósofo sostiene que las redes refuerzan grupos encerrados en sus propias convicciones, hasta estrechar la relación entre lo que pensamos y lo que creemos ser.
El ensayo también cuestiona una cultura que identifica la autenticidad con mostrar los sentimientos privados. Han se pregunta qué espacio queda para la vida pública cuando la exposición de la intimidad desplaza las formas, los gestos y las distancias que permiten convivir. El respeto aparece, desde esta perspectiva, ligado a la posibilidad de compartir un mundo con personas distintas.
La autoridad ante la inteligencia artificial
La parte final del volumen aborda la crisis de la autoridad. El adelanto editorial plantea un interrogante sobre la figura del maestro y el lugar que podría ocupar la inteligencia artificial: disponer de una enorme capacidad de cálculo no resuelve por sí solo qué significa orientar, proteger o enseñar.
Es una de las preguntas con las que Han amplía su reflexión sobre las relaciones humanas. A lo largo del sumario, la consideración, los modelos ejemplares, la desvergüenza y la atención acompañan esa exploración de las condiciones de la convivencia.
¿Qué distingue a este nuevo ensayo de Byung-Chul Han?
El punto de encuentro entre un gesto privado y un problema colectivo es uno de los atractivos de esta propuesta. El abandono de una conversación, la exhibición de la intimidad o la dificultad para aceptar una discrepancia permiten acercarse a conceptos como la alteridad o la consideración. Los fragmentos adelantados sugieren una lectura que puede acompañarse de una pregunta propia: en cuáles de esas situaciones reconocemos nuestros hábitos.
Vía PLACER POR LA LECTURA.
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Acabo de corregir un examen de 1ESO (12 años). Suspenden 17 de 25. Salvo por dos o tres chavales, el paisaje es estremecedor. En cambio, durante la hora de tutoría han demostrado una maestría sin igual en la detección y expresión de sus emociones y sentimientos. Detección y expresión que, por lo que he visto, no les han servido para ser más fuertes y estar mejor preparados, sino para construirse un relato que les permita presentarse como víctimas de múltiples y casi siempre inexistentes amenazas. Mucho me temo que en primaria han dedicado más tiempo al análisis de su fracaso escolar que a practicar la simple y costosa fórmula para evitarlo.
Hoy os comparto una curiosidad poco conocida que creo que viene al caso en estos días de obediencia ciega a determinados líderes:
El psicólogo social Stanley Milgram diseño un experimento para medir cuánta gente corriente obedecería a una autoridad que le ordenase dañar a otra persona.
Inicialmente esperaba una proporción pequeña, pero resultó que una mayoría importante continuó hasta el final, pero no por crueldad, de hecho muchos pedían parar, sino porque, al parecer, dentro de una estructura jerárquica las personas se perciben como ejecutoras y transfieren la responsabilidad a quien manda.
La conclusión es incómoda: la capacidad de causar daño no requiere monstruos, requiere una cadena de mando y una tarea fragmentada en pasos que parezcan inocuos.
Milgram detectó también qué la obediencia se reducía con la proximidad física de la víctima y la lejanía de la autoridad pero, sobre todo, con que hubiera un solo participante que se negara.
Ese dato es el más esperanzador de todos y también el más exigente. Así que, en casi cualquier organización, el primero que dice no en voz alta libera a los demás.
Buen día. Un café y a por él
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La desfachatez de quien sacrifica a un pueblo para salvar su pellejo creyendo que todos tragamos.
Café?
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FUERTES MANIFESTACIONES EN FRANCIA E ITALIA.
Saqueos y destrozos por doquier. Roban tiendas de ropa deportiva hasta dejarlas vacías; desvalijan locales de electrodomésticos. Pero al entrar a una librería, el escenario cambia: destrozaron todo, pero no se llevaron ni un solo libro. Da para pensar.
Estos días me está dando por hablaros de viajes, debe ser que tengo un poco de mono.
No sé si os pasará, a mí siempre y no me acostumbro: crees que vas a hacer un viaje y de pronto es el viaje el que te hace o mejor dicho, el que te deshace.
Al principio llevas contigo una idea de quién eres: tu profesión, tus opiniones, incluso tu forma rutinaria de pedir un café. Los primeros días de viaje van acabando con todo eso porque las certezas se quedan en las aduanas, las costumbres se pierden en las tabernas y los planes se quedan en una cuneta con la primera avería. Y lo que queda es poca cosa, y ahí está el regalo porque solo cuando uno es poca cosa el mundo puede entrar sin pedir permiso y lo sabéis (o lo recordáis): el olor a chimenea y a pan de pueblo, la conversación con desconocidos o el cuadernillo con las notas que no quieres olvidar.
Viajar para acumular creo que es un error, que es mejor viajar para perder, para quedarnos ligeros, lo bastante vacíos como para que lo que encontremos quepa dentro.
#SamGeographicCafe
Lo que está pasando en Francia, y que acabará por llegar a España, me hace recordar la defensa de Benjamin Constant, de cambiar lo que “los antiguos” llamaban libertad a participar en las decisiones de la ciudad por la defensa de la libertad individual pero eso tiene un peligro. En mi opinión, nosotros llamamos libertad a que nadie se meta en nuestras cositas. Hemos ganado algo con el cambio: la vida privada, la conciencia propia, el derecho a que nos dejen en paz. Pero ensimismados en el disfrute de nuestra independencia y en conseguir nuestros intereses particulares, renunciamos con demasiada facilidad a nuestra parte en el poder político. Delegamos, nos desentendemos, confiamos en que otros administren lo “de todos” mientras nosotros vivimos, y entonces descubrimos, demasiado tarde, que quien no se ocupa de “lo común” acaba siendo gobernado por quienes sí se ocupan, y no siempre a nuestro favor. La libertad moderna no sustituye a la antigua: la necesita como garantía. Un pueblo perezoso que solo quiere ser dejado en paz termina sin paz y sin libertad. Reservar una parte de nuestro tiempo para entender, discutir y vigilar lo común no es activismo: es la condición de seguridad de la vida privada que tanto deseamos, aunque, por lo que parece, vamos a tener bastante difícil recuperar.
Buen día. Un café y a por él
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Ah, ¿pero hay Defensor del Pueblo?
¿Dónde estaba en Paiporta, o en Adamuz, o en Ceuta?
🔴 El Defensor del Pueblo interpone un recurso de amparo ante el Constitucional por la suspensión del derecho al voto a nacionalizados por “ley de nietos” social.elpais.com/nle6i
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Café, besos y amor incondicional. Que una también sabe hacer campaña 🤪💋💐☕️
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You've probably seen the video. A young Frenchwoman in Paris, in tears, begging looters to stop. "Why are you doing this? That's not what we stand for."
Some accounts are mocking her. "She voted for it."
I won't. Because what you see on her face is not stupidity. It's a disease that has infected the entire West, and it has a name: suicidal empathy.
The term comes from Gad Saad, an evolutionary behavioral scientist at Concordia University in Montreal. A man who fled the Lebanese civil war as a child, and who knows what it looks like when a society falls apart. His new book, Suicidal Empathy: Dying to Be Kind, is the follow-up to The Parasitic Mind. Here is the thesis, and why it concerns every one of us.
Empathy is one of the best things about us. It evolved for a reason: to care for our children, our kin, our tribe. It was calibrated for a world where the people you felt for were the people around you, and where empathy always came paired with its counterweight: the instinct to protect your own and to recognize a threat.
Suicidal empathy is what happens when that mechanism misfires. When it fires at the wrong targets, in the wrong amounts, with no brake. When we feel more for the criminal than for his victim. More for the stranger who breaks the rules than for the citizen who follows them. More for how compassionate we look than for what our compassion actually produces.
Where does it come from? Four layers.
First, biology. Empathy is a spotlight, as the psychologist Paul Bloom put it. It lights up the one face in front of you and leaves everything else in the dark. The crying migrant on the boat is visible. The thousands of future victims of a broken system are statistics. A spotlight is a terrible tool for running a country.
Second, our own civilization. The West is the civilization that put the victim at the center of its morality. Christianity taught us to care for the stranger, the poor, the weak. It was one of the greatest moral revolutions in history. But cut off from its other half, justice, responsibility, the duty to protect your own, it turns into something else.
Third, ideology. In The Parasitic Mind, Saad described idea pathogens, ideas that hijack our reasoning. Suicidal empathy is the emotional counterpart: an ideology that hijacks our compassion. It sorts the world into oppressors and victims, then demands unlimited empathy for whoever ranks as the victim, whatever they do.
Fourth, status. In the age of social media, empathy has become a display. Posting "refugees welcome" costs nothing and earns applause. The bill goes to someone else: the working class, the suburbs, the women walking home at night.
The results are everywhere. Criminals treated as victims of society. Sexual assaults by migrants met with lenient sentences. Self-defense branded as aggression. Borders treated as cruelty. Saad's conclusion is simple: a society dies when it would rather display infinite tolerance than use its survival instinct.
Now the part I'll add myself, and that few people dare to say.
On average, women score higher than men on measures of empathy. It's one of the most consistent findings in psychology, across cultures, and it makes perfect evolutionary sense: for most of human history, the survival of children depended on it. It's a strength.
But it means an ideology that weaponizes empathy will hit women harder. And the data shows it: in country after country, young women have moved sharply to the left of young men, especially on immigration.
This is where men have a responsibility.
Not to mock. Not to lecture. Not to say "she deserved it." Empathy has always needed a counterweight, and that counterweight was the protective instinct: the one that draws lines, says no, and stands between the threat and the people it loves.
Men abandoned that role. They were told it was toxic, and many believed it. So they stayed silent at the dinner table, at work, with their partners, sisters, daughters and friends.
That has to end. Men have to have this conversation, honestly and with respect: compassion that cannot say no is not compassion. It's surrender. And the first to pay for it are women.
Many women already understand this better than anyone. Some of the bravest voices in this fight are women, precisely because they are the first to feel the danger in the street.
A civilization rests on a balance: compassion and strength, openness and borders, mercy and justice. When one side swallows the other, the foundations crack. What we are watching in Europe is what happens when empathy has no counterweight left.
Look at that young woman again. She isn't the enemy. She's what this ideology made of a generation that was told kindness would be enough.
Our job is to make sure she's the last generation that has to learn it this way.
She voted for it.
She welcomed them.
Faced with the encore, she begs them to stop. In her heart she knows they will not.
Everything she believed. That they were French like her, fighting for the same cause. That the ones who warned her were full of hate. That she would be safe.
It all falls apart in this moment. She is terrified of what comes next. In her heart she knows.
Only remigration can save her.
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Je veux parler au monde entier de ce qui se passe en France. S’il vous plaît, écoutez-moi.
Ils ont dit « importez le tiers-monde, devenez le tiers-monde ». Ils avaient tort. C’est pire que ça.
Aujourd’hui, la France brûle.
Des monuments historiques s’effondrent dans les flammes sous les regards, les cris et parfois les applaudissements de brutes.
À Limoges, ce 17 octobre 2026, l’hôtel de ville — ce magnifique édifice du XIXe siècle, inauguré en 1883, conçu dans un style néo-Renaissance, classé monument historique, qui avait traversé les deux guerres mondiales sans être détruit — a été pris d’assaut et incendié par des individus cagoulés.
La tour s’est effondrée. Une large partie de la toiture et de la façade a disparu. Les autorités parlent d’une « catastrophe patrimoniale » et d’un bâtiment « en grande partie perdu ».
Des siècles de pierre, de savoir-faire et de mémoire réduits en cendres en quelques heures.
« Devenir le tiers-monde » serait un euphémisme.
Le tiers-monde n’a jamais connu l’ascension que nous avons accomplie. Il n’a donc jamais rien eu à perdre de comparable.
Nous, peuples du monde civilisé, avons bâti le premier monde avec la sueur, le sang, l’ingéniosité et le sacrifice de nos ancêtres.
Ils se sont tués à la tâche, génération après génération, pour offrir un avenir digne à leurs descendants.
Chaque église, chaque mairie, chaque école, chaque pont porte encore la marque de leurs mains et de leur sang.
Aujourd’hui, les immigrationnistes crachent sur leurs tombes.
Ils importent en masse des populations issues de sociétés qui n’ont ni construit ni su préserver un ordre comparable — et qui, une fois installées, deviennent les acteurs de sa destruction.
Ce ne sont pas seulement des individus incapables de maintenir ce que nous avons élevé. Ils provoquent et applaudissent les effondrements, les pillages, les incendies.
Notre patrimoine n’est plus un héritage à transmettre, c'est devenu une cible prioritaire.
Voilà ce qui attend tout pays du monde civilisé qui ne stoppe pas net l’immigration en provenance du tiers-monde et qui ne met pas en œuvre, au plus vite, une remigration massive.
Sinon, la démographie fera le reste. Les taux de fécondité élevés dans ces communautés assurent le grand remplacement progressif.
Ce n’est pas une théorie. C’est de l’arithmétique.
Ce qui brûle aujourd’hui à Limoges brûlera demain chez vous si vous ne faites rien.
Peuples du monde civilisé — d’Europe, d’Amérique, d’Australie, du Japon, de Corée et partout où la raison, la science, le droit et la beauté ont élevé des sociétés d’exception, je vous en supplie : regardez ce qui se passe en France en ce moment.
Ne croyez pas que « ça n’arrivera pas chez nous ».
Les mêmes mécanismes sont à l’œuvre là où les frontières sont ouvertes et où les immigrationnistes sont au pouvoir.
Agissez tant qu’il en est encore temps.
Contrôlez vos frontières, exigez l’assimilation réelle ou le retour sans concession, protégez vos monuments, vos lois et vos enfants.
Ne sombrez pas dans le chaos sous les flammes et les applaudissements comme nous.
L’héritage de vos ancêtres mérite mieux que d’être livré à des brutes incendiaires.
Mi primer viaje largo fue a los dieciocho, en una edad en la que la imprudencia es una forma de sabiduría, pero de eso te das cuenta más tarde.
Con poco dinero, ropa usada, un mapa y algún libro, puedes echar a andar hacia el extremo de otro continente con la seguridad de que el mundo es hospitalario. Y casi siempre lo es para quien llega con curiosidad y una sonrisa. La gente normalmente te ayuda, te deja dormir en cualquier sitio, comer lo que tiene y, sin saber cómo, consigues entenderte con desconocidos que nunca llegas a olvidar aunque pasen los años.
Lo que de joven parece aventura, cuando te haces mayor lo agradeces como la educación más completa que podrías recibir.
Si tienes la edad de viajar sin darle muchas vueltas, viaja. Si ya no la tienes, recupera algo de esa edad, porque la imprudencia del asombro no caduca.
































