— Intentaré no pincharme con ninguna rosa, mi querida, pero de hacerlo, procuraré que la rosa sea blanca y quede así teñido con mi ser para usted.
— Lamento decir que hace generaciones que mi sangre perdió su tono azul... Pero si debe derramarse por usted, lo hará con gusto, llenando las ropas (esas sí, azules) que siempre visto para usted.
— Estaré atento para leer de ellos todas aquellas promesas, mi señora. Hasta que pueda repetirlas en mi memoria.
— Me cede un poder demasiado grande, mi señora: no quisiera atraerla a otro lugar que no fuera entre mis brazos, lo único azul que deseo que observe hipnotizada mis propios ojos.
— Me alegra saber que no ha existido flor capaz de borrarme de su mente, ni de hacerla creer que pudiera olvidarla.
— ¿Y a qué conclusión ha llegado, mi dulce señora? ¿Las flores dicen que la amo o, por el contrario, mienten?


